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sábado, 23 de febrero de 2013

A propósito de Mi vida, de Trotsky - Por Martín Kohan


Reproducimos a continuación una muy buena reseña de Martín Kohan, tras la lectura atenta de Mi vida. 

  “Yo no pensaba nunca en Stalin” (446), escribe Trotsky, cuando el “intento" autobiográfico” de Mi vida va entrando en su tramo final. ¿Es reproche o es jactancia? No lo sé, no estoy seguro; pero me parece decisivo que pueda ser tanto una cosa como la otra, o más aun que pueda ser ambas cosas a la vez. “Yo no pensaba nunca en Stalin”, admite o se ufana Trotsky, y de inmediato se permite ampliar: “En el fragor de la lucha ni siquiera me di cuenta de que existía”. La grandeza de la vida de Trotsky queda inscripta en estas frases, no menos que su completa desgracia. Si Trotsky no repara en Stalin, si ni siquiera se da cuenta de que existe, es ante todo porque presta atención a las cosas que de veras importan, a las cosas decisivas, y eso excluye al gris Stalin, posterga al tan mediocre Stalin. El hecho mismo de que no esté ni vaya a estar jamás a la altura de León Trotsky es justo lo que lo vuelve imperceptible para él. Pero a la vez, qué duda cabe, a Trotsky le habría servido fijarse a tiempo en Stalin, debería haberse percatado de su existencia, le habría sin dudas convenido advertir su juego (que lo mitigado podía perfectamente ser una estrategia de lo subrepticio, que la cortedad de las limitaciones personales podía perfectamente cobrar la fuerza terrible de los resentimientos duraderos).

Sabemos demasiado bien que Stalin terminó por alterar el curso de la vida de Trotsky. Lo cierto es que también alteró el curso de Mi vida de Trotsky. Lo hace pasar del registro autobiográfico y épico al género del alegato político. La narración política y la argumentación ideológica, soportes de una evocación monumental, se ven forzadas hacia el final, no menos que su autor, a deslizarse a la autodefensa: refutar calumnias, enderezar tergiversaciones, denunciar infamias, apelar.
Stalin y sus mentiras obligan a desmentir. Stalin y sus invectivas personales obligan al descargo personal. Stalin y su desfiguración histórica obligan a refrendar una figuración histórica. Trotsky asume esa tarea, desde su destierro en Turquía, como seguirá haciéndolo en Noruega o en México, con la firmeza del que tiene una convicción y con la rabia del que sufre una injusticia. Responderá pacientemente a las mentiras, a las invectivas personales, a la desfiguración histórica. Pero cuando esa necesidad se impone en las páginas de Mi vida, cuando la épica biográfica de la revolución y los destierros debe hacerle un lugar a la resuelta desintegración de las infamias, el relato que ha ido tramando Trotsky cuenta ya con una comprensión impar de lo que es la verdad (la que proviene de un cierto poder alquímico para extraer verdad de lo que empieza como mentira), con una elaboración singular de lo que es lo personal (la que proviene de la evidencia fáctica de que lo personal no es político, sino que cede a lo político), con un tramado especial de la figuración histórica (la que proviene de una combinación política de mostración y ocultamiento).
La primera vez que Trotsky suministra un nombre falso a sus compañeros de lucha, lo que siente es remordimiento: “Cuando conocí a Mujin y a sus amigos me presenté con el nombre de Lvov. Esta primera mentira de conspirador no fue fácil: me dolía verdaderamente ‘engañar’ a las personas con las cuales yo me entendía para una causa tan grande y buena” (147). Claro que no tarda en advertir que en esa “mentira de conspirador” está la verdad de la conspiración: la falsificación del nombre es garantía de autenticidad política. No es extraño, por lo tanto, que en la siguiente ocasión consiga establecer otra clase de conexión entre lo azaroso y lo definitivo, entre lo fingido y lo cierto: “En el bolsillo llevaba un pasaporte extendido con el nombre de Trotsky, que había escrito al azar, sin prever que este nombre permanecería conmigo para toda la vida” (171). El nombre falso resulta el verdadero, cifra misma de la conversión política, o bien de la política (de la política revolucionaria) como una conversión: “Desde el inicio del movimiento revolucionario, en 1902, me fugué después de fabricarme un pasaporte falso con el nombre de Trotsky; de allí viene mi seudónimo, que rápidamente se convirtió en mi verdadero nombre” (30). La falsedad del pasaporte, no menos que la del nombre, define de por sí una impugnación de base a un régimen político en cuyas normas no se cree. ¿Qué podría significar un pasaporte legal, si lo expide el régimen ilegítimo del zar? Dialéctica de la documentación personal: la falsificación del pasaporte falso señala una verdad política. Y dialéctica de los nombres y los seudónimos: la falsificación del nombre falso se asienta como verdad revolucionaria.
Podría decirse entonces que “Trotsky” desplaza a “Bronstein” de la misma manera, y por las mismas razones, que la esfera de la acción política desplaza la esfera de la vida personal. Por supuesto que, por tratarse de una autobiografía, así sea en grado de tentativa, Mi vida hace centro en la vida personal, ya sea en la evocación de los años de la infancia en el campo, en los recuerdos familiares, en el pormenor de la iniciación política, o en el desarrollo de las vicisitudes del agitador, el encarcelado, el prófugo, el desterrado, el activista, el líder revolucionario, el espiado, el difamado, el escritor. Pero hay una consideración que hace Trotsky, inédita para el género autobiográfico, decisiva para calibrar un modo de la experiencia: “Los grandes acontecimientos son pobres en recuerdos personales; es el recurso que tiene la memoria para resguardarse de un modo excesivo” (307). Entendemos así que Mi vida no va a proporcionar una versión personal de los grandes acontecimientos, ni mucho menos una fusión completa, a golpes de protagonismo, de la historia política con la historia íntima. En vez de eso va a exponer la manera en que los grandes acontecimientos eclipsan el mundo de lo personal, lo hacen retroceder, lo atemperan como olvido.
Trotsky lo define como un mecanismo defensivo: recurso psíquico para protegerse de una vivencia que resulta excesiva, porque de eso precisamente se trata, de un tipo de sucesos que exceden lo personal. Así ocurre por caso con las protestas de los reclusos de una cárcel de Odesa, entre los cuales se encuentra Trotsky; los gendarmes suponen que la protesta se debe a “una cena hecho con provisiones en mal estado” (158), pero en verdad responde a la noticia del restablecimiento de la monarquía en Francia. Y así ocurre por caso con la coincidencia entre el día del nacimiento de Trotsky y el día de la Revolución de Octubre, y con esta confesión sincera: “No me di cuenta de esta curiosa coincidencia hasta tres años después de los días de Octubre” (49). ¿Qué otra cosa expresa este episodio de olvido, que es olvido del propio cumpleaños, sino una confirmación de esa premisa de que lo personal se atenúa al atravesar los grandes acontecimientos? En vez de superponer las dos cosas, el cumpleaños y la Revolución, para ofrecerlos al lector como un prodigio autoexaltatorio de nacimiento doble, Trotsky presenta esta otra variante: repliegue vehemente de todo lo que es personal, cuando la acción política se activa.
De esa trama está hecho Mi vida. No en vano Trotsky tenía la intención de dar a este material el título de “Medio siglo”, un recorrido histórico en coincidencia con sus cincuenta años. Fue a instancias del editor que el libro adoptó su sesgo autobiográfico. Y en este doble andarivel de la época y la vida, el el premeditado desequilibrio entre los recuerdos personales inscriptos en lo privado y el desempeño político en la revolución, se inscribe esta advertencia que Trotsky formula en el prólogo fechado en Prinkipo, Turquía, el 14 de septiembre de 1929: “Se puede afirmar que esta vida fue más bien superabundante en ‘aventuras’. Sin embargo, me permito decir que, según mis inclinaciones, no tengo nada en común con los buscadores de aventuras. Soy más bien pedante y conservador en mis hábitos. Amo la disciplina y el método (…) y muchas veces en mi vida, tuve el sentimiento de que la revolución me impedía trabajar metódicamente” (50-1). Mi vida puede leerse también como la historia de la relación entre le revolucionario en plena aventura que rompe con lo habitual (al que llamamos Trotsky) y el lector metódico, el escritor disciplinado, el conservador de sus hábitos (al que acaso deberíamos llamar Bronstein).
Se entiende así que Trotsky, el encarcelado político, aproveche esa situación para aplicarse a los trabajos intelectuales, es decir al trabajo metódico: “En realidad, no puedo quejarme de las cárceles ni del tiempo que me hicieron pasar en ellas (…) ¡aquella celda era tan tranquila, tan monótona, tan silenciosa, tan apropiada para los trabajos intelectuales!” (219). Mi vida es en gran parte la vida de un preso o la vida de un desterrado; además de ser, naturalmente, la vida de un luchador, de un conspirador, de un revolucionario, de un conductor de guerra. Queda claro que en el preso y en el desterrado habita una verdad que ilumina todas las otras funciones, todos los otros momentos.
También en eso existe una épica, y no sólo en la revolución propiamente dicha. Las aventuras de esta vida “superabundante en aventuras mucho tienen que ver con las fugas (Mi vida como novela de escape) o con la vigilancia en el extranjero (Mi vida como novela de espías).Por eso es interesante la cita que hace Trotsky de las memorias de su esposa, Natalia Sedova, a propósito de la fuga a Finlandia: “Yo estaba asombrada, viendo la libertad y la desfachatez con que L.D. se movía, riéndose y hablando en voz alta en el tren y en los andenes de las estaciones. Habría querido volverlo invisible, ocultarlo bien, porque aquella fuga podía costarle el presidio. Pero él se mostraba ante todos y me decía que ésta era la mejor medida de protección” (229). Y por eso es interesante la observación que hace Trotsky a propósito de su exilio en España: “En realidad, toda mi actividad política se había desarrollado siempre abiertamente y a los ojos de la policía. Pero las persecuciones de los espías me exasperaban y despertaban en mí el espíritu del deporte. En cambio, en Cádiz, el encargado de vigilarme me advertía que volvería a tal hora y que lo esperara pacientemente en el hotel. A cambio de eso, intervenía con gran empeño en defensa de mis intereses, me ayudaba a hacer las compras y me llamaba la atención a los hoyos de la acera” (287). Trotsky hace de sí mismo una especie de “carta robada”: se pone bien a la vista, para no ser descubierto. Las tretas del ocultamiento se resuelven desde la mostración. El espía de Cádiz es quien parece haber entendido el mecanismo a la perfección, y entra en la misma sintonía de Trotsky. Sustraerse del control por exceso de visibilidad, y no por hacerse invisible.
A estos dos pasajes, el de Cádiz y el de la fuga a Finlandia, podría agregarse otra escena de exilio narrada por Trotsky, esta vez en Alemania: “El 1º de mayo salí a pasear en automóvil con mi esposa por las calles de la ciudad. Recorrimos las principales avenidas, presenciamos las manifestaciones, leímos los carteles, oímos una serie de discursos y al llegar a la Alexanderplatz, nos mezclamos en la multitud. Yo había visto muchas manifestaciones del 1º de Mayo más imponentes que aquélla, más grandiosas, más decorativas, pero hacía ya mucho tiempo que no tenía la posibilidad de moverme entre las masas sin llamar la atención” (523). La figura del fugitivo que se hace notar, por un lado, y por el otro la del espiado que se da a ver, soluciones desconcertantes pero eficaces para el propósito de sustraerse, se completa en cierto modo con la figura del manifestante del 1º de Mayo en Berlín: el inconfundible agitador de masas consigue mezclarse entre las masas, y no llamar allí la atención. Se da así una combinación fabulosa de presencia y retracción, de exhibición y sigilo, la posibilidad de estar y al mismo tiempo escabullirse, de quedar inadvertido y al mismo tiempo intervenir, la virtud de poder mostrarse y volverse a la vez fantasmal.
Trotsky encara este repaso durante su destierro en Turquía, en 1929. Su vida de desterrado la escribe como desterrado, su vida de conspirador fugitivo la escribe en estado de fuga, su vida de activista político la escribe como activista político (el propio libro del que se ocupa es para Trotsky un recurso de la lucha política y no sólo un ejercicio de verdad histórica: “este libro no es una fotografía inanimada de mi vida”, dice en el prólogo, “sino una parte que la compone. En sus páginas, continúo la lucha a la que he consagrado mi vida” (46)). Como este exilio y esta persecución, a diferencia de todos los precedentes, no tiene la revolución por delante, como fin a conseguir, sino como revolución pasada y traicionada, y entonces por rescatar, cambian bastante las condiciones en las que se encuentra Trotsky y el tenor de las penurias por las que pasa. La malversación stalinista de la historia soviética apuntará, como se sabe, a suprimir su propia existencia en ella; la ferocidad de los ataques personalizados se encarnizará sin miramientos con parientes y allegados. Trotsky se ve, por una parte, lanzado a la exterioridad absoluta de un exilio sin atenuantes, y por otra, cada vez más acorralado, cada vez más replegado.
Las páginas finales de MI vida las dedica en buena parte a denunciar la hipocresía de las democracias del mundo, que le niegan el visado a un perseguido político como él. Paradoja de los presuntos paladines de la apertura y la tolerancia, sobre la cual Trotsky ironiza. Pero también paradoja de la deportación del internacionalista cabal: mientras Stalin estrecha horizontes con su apuesta al socialismo en un solo país, desata sobre Trotsky una persecución a escala mundial. En eso sí, acaso porque se trata de Trotsky, le resulta preciso alcanzar las miras del internacionalismo. Después de Turquía, vendrá Noruega, y por fin llegará México. Trotsky vivirá once años más, después de haber escrito Mi vida. El apéndice de Alfred Rosmer, tomado de la edición francesa del libro, permite completar el recorrido hasta el asesinato en Coyoacán.
Atrincherado, o poco menos, en su casa blindada del Distrito Federal, Trotsky vuelve a abocarse ante todo a los trabajos intelectuales, la salida a la que apela en sus días de prisión. “Trotsky así se ganaba el pan para la casa, con sus escritos, como lo hizo toda su vida” (627), consigna Rosmer. ¿Y de qué excusa se valió, en última instancia, su solapado asesino, sino la de acercarle un artículo propio para someterlo a su consideración? ¿Qué otra cosa, sino leer, estaba haciendo Trotsky, cuando el asesino le asestó su golpe de muerte? ¿Qué otra clase de distracción, sino la que es propia de todo lector concentrado, le impidió advertir a tiempo el ataque que le lanzaba? El testimonio que brindó Joseph Hansen, director de seguridad en la casa, y que recoge Rosmer, especifica que la sangre de Trotsky salpicó las últimas páginas que había escrito para una biografía de Stalin.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Nueva página WEB del CEIP León Tortsky


Presentamos la nueva página web del CEIP “León Trotsky” que contiene más de 2000 artículos y casi 40 libros digitalizados de León Trotsky, varios cientos de artículos sobre su obra y la historia de la IV Internacional, además de la posibilidad de acceder al catálogo de la biblioteca del CEIP, entre otros recursos. En www.ceipleontrotsky.org podés acceder a:
• Los estudios e investigaciones, debates y actualidad sobre la obra de Trotsky y la IV internacional. Y a todos los libros, boletines, cuadernos y otras publicaciones del CEIP.
• Las biografías y artículos de Marxistas y Oposicionistas de Izquierda o con artículos de Trotsky y otros autores que hacen referencias o semblanzas sobre ellos.
• La obra de León Trotsky con búsquedas por año y una selección de los principales artículos por temas(teoría, filosofía, partido, etc.), conceptos (como frente único, fascismo, frente popular, etc.) o países (que abarca artículos que dan pauta de la historia, la construcción y los debates de la IV Internacional en los distintos países).
• El catálogo de la Biblioteca y hemeroteca que se encuentran en el CEIP, un listado de periódicos que componen el Archivo Histórico y de la revistas de los centros especializados como Revolutionary History o los Cahiers León Trotsky de Pierre Broué, así como también al archivo histórico digitalizado en español que reúne el trabajo de traducción que el CEIP hizo para sus publicaciones así como también artículos o publicaciones en español del archivo histórico que están digitalizadas para su lectura.
• Y a las Novedades, con artículos y publicaciones que dan muestra de la actualidad del pensamiento del fundador de la IV Internacional y con las actividades que realiza el Centro.
Pueden leer la entrevista a Andrea Robles, Leonardo Vázquez y Lucía Simone, artífices de la puesta en pie del nuevo sitio. 

domingo, 11 de noviembre de 2012

jueves, 23 de agosto de 2012

Trotsky, un hombre de estilo



Posteamos aquí una muy buena nota de Eduardo Grüner
Opinión
En uno de los films de la estupenda Tetralogía del Poder de Alexander Sokurov, Stalin visita a un Lenin ya casi agonizante en su dacha, y le entrega un bastón con el puño exquisitamente labrado, que le envía de regalo el Comité Central. Compungido (cínicamente, hay que entender: al ascendente Stalin no se le puede escapar la simbología de regalarle un bastón al declinante Lenin), le informa que se había pensado inscribir en él una dedicatoria: al más grande hombre de la URSS, padre del socialismo, héroe titánico de la revolución, cosas por el (deplorable) estilo. El problema es que una decisión tan importante (¿?) requiere el voto unánime de todos los miembros del Comité y ha habido un voto en contra. Lenin lo interrumpe sin vacilar: “Ya me imagino: Trotsky”. La tragedia que ya ha empezado a atravesar a la Revolución Rusa está plenamente condensada en este episodio –sea verídico o imaginario–: poco tiempo después Lenin estará muerto, Trotsky será un paria, Stalin transformará el gobierno de los soviets en su personal dictadura burocrática y sanguinaria. La anécdota también pinta de cuerpo entero una posición política e intelectual de Lev Davidovitch Bronstein (a) Trotsky: los liderazgos son respetables y necesarios, pero la causa revolucionaria, llevada adelante por las masas en su conjunto, no puede ni debe reducirse al culto de la personalidad, así la “personalidad” sea el mismísimo Lenin. Cuando eso termina triunfando, se puede decir que ya está casi todo perdido. Las personas sin duda existen: no hay dos hombres que sean iguales, los “estilos” (políticos, literarios, lo que fuere) de los líderes pueden hacer mucha diferencia en la historia. Pero la diferencia es en la historia: los individuos y las masas la hacen, en condiciones que no pueden elegir –para hacer una cita canónica–. Tampoco pudo elegirlas Trotsky. Pero sí eligió no traicionar la parte de la historia de la que había sido un protagonista central. Y no traicionarse a sí mismo, ni siquiera –y quizá sobre todo– en el “estilo”.
También elige, Trotsky, escribir su autobiografía (en 1929, ya en el exilio, del cual sólo saldrá con su asesinato por los esbirros de Stalin en 1940) en primera persona. Y titularla Mi Vida. Ese hombre se piensa a sí mismo como, nuevamente, persona: no deja de lado las singularidades de su existencia, sus pasiones, angustias, placeres, gustos. Sin embargo, lo que ocupa el centro de la escena, prácticamente en cada página, es su persona política: aquellas singularidades “existenciales” nunca dejan de serlo, pero están atravesadas y “sobredeterminadas” por el papel que cree le ha sido dado cumplir en la historia que, lejos de ser un “ya fue” (como reza cierta sintomática jerga actual), es una historia en curso, en la cual hay que “seguir participando”, y en la primera línea. Con mucha frecuencia, y con razón, se ha señalado la pasmosa personalidad de alguien que, mientras dirige el Ejército Rojo en medio del fragor de la batalla revolucionaria, escribe Literatura y Revolución. Es decir: con una mano, apunta los cañones o diseña las cargas de infantería al mismo tiempo que debate la lógica política de las decisiones militares (porque no es un “militarista”, sino alguien a quien la política y la historia han obligado a tomar las armas); con la otra –caso único de apertura intelectual entre los grandes dirigentes revolucionarios– teje palabras para hablar de Tolstoi, Maiakovski, Gorki o Gogol, pero también de Céline, de Silone, de Jack London o de Malraux, y para defender –con las reservas y matices que correspondan, pero defender al fin– cosas tan poco “proletkult” como el surrealismo, la literatura de vanguardia o el psicoanálisis, y en general la libertad más absoluta en el arte, la literatura, la filosofía o la ciencia.
El título mismo, Mi Vida, adquiere pues una nueva resonancia: es lo que se intuye que está en juego, que muy probablemente se va a perder, pero que sin embargo hay que defender –como un león– hasta el último aliento: no sola ni principalmente por un comprensible instinto de supervivencia, sino porque está indeleblemente inscripta en toda una historia que debe ser defendida contra la barbarie.
En ningún momento se escucha, en esa escritura, ni una nota de arrepentimiento (que no es lo mismo que “autocrítica”), mucho menos de autoconmiseración: no se permite la indulgencia consigo mismo que hubiera significado salirse de su posición protagónica en el campo de batalla. Esa también es, para él, una cuestión de “estilo”: otra vez, el mismo estilo vital que lo sostiene en ese campo de batalla es el que le hace generar concepciones teóricas decisivas como el desarrollo desigual y combinado y la revolución permanente (que tantos bien poco simpatizantes de Trotsky usan incluso sin saber de dónde las sacaron: hasta ese grado ha fracasado su “borradura”). No son muchos los que en el siglo XX, incluso estando en una posición similar, han sido capaces de hacer algo así, y encima de regalarnos una gran escritura, ante la cual es imposible no conmocionarse cualquiera sea la opinión sobre posiciones políticas particulares. Después de la citada y magistral biografía de Deutscher (y a su manera, la de Victor Serge), no ha sido capaz de estar a esa altura ninguna de las biografías o novelas biográficas que nos han caído en la última década –y cabría preguntarse por este verdadero “síntoma” en el contexto de la feroz crisis mundial que está atravesando el capitalismo–: con la muy estimable excepción de la novela del cubano Leonardo Padura, las demás oscilan entre un estúpido odio reaccionario que lleva hasta la más delincuencial falsificación, y las tonterías apenas epidérmicas que insultan la inteligencia de cualquier lector mínimamente sensible.
Este 72º aniversario del asesinato de Trotsky coincide con la aparición de una nueva edición de Mi Vida. Esta autobiografía será el segundo volumen de las Obras Escogidas, publicadas por el Centro de Investigaciones y Publicaciones León Trotsky, de Argentina. Esta serie de obras del revolucionario ruso, inaugurada con Stalin, el gran organizador de derrotas, se publicará como parte del esfuerzo conjunto del CEIP y el Museo Casa de León Trotsky, de México, por poner al alcance de nuevas generaciones que, lejos del “ya fue”, vuelven a reclamar su lugar en la historia.

lunes, 30 de julio de 2012

Para enfrentar la crisis capitalista

Pongamos las ideas revolucionarias a la ofensiva. 
Próximamente, Mi vida. Intento autobiográfico.