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miércoles, 20 de agosto de 2014

Sobre Chicas muertas*

"la Señora"

de Selva Almada, en 
Literatura Random House, 2014

El título anticipa la dimensión del flagelo que Selva Almada va a reconstruir en sus tramas íntimas. El genérico “chicas muertas” no es sólo la denominación en los expedientes consultados por la autora; da cuenta de que, sólo en Argentina, el asesinato de mujeres por el simple hecho de serlo, se materializa en cifras escalofriantes: una muerta cada 30 hs. en el último año; 1236, en los últimos 5. Serena, Nora, María Soledad, Wanda, María de los Ángeles, Paulina, María Luisa, Andrea, Sara… o Selva. “Tengo cuarenta años y a diferencia de ella y de las miles de mujeres asesinadas en nuestro país desde entonces, sigo viva. Sólo una cuestión de suerte”.
Esta obra no ficcional de la ya consagrada autora entrerriana, se basa en el relato de una investigación hecha por ella misma, sobre tres casos de jóvenes asesinadas en los años ’80, aún impunes. Andrea Danne, “Sarita” Mundín y María Luisa Quevedo son las “chicas muertas” cuya historia presenta Almada. La primera, entrerriana como ella, asesinada de una puñalada en el corazón mientras dormía. Una joven cordobesa y pobre, Sara, atrapada en las mafias de los prostíbulos que desapareció en 1988. Y la tercera, una chaqueña de 15 años, violada y estrangulada, a poco de conseguir su primer trabajo como empleada doméstica.
Al mismo tiempo, la autora va a colocarse, como mujer, en el centro de la trama y ocupando un lugar que lejos está de pretenderse neutral u objetivo.  Así, el relato se configura desde la propia experiencia que -como la frase citada- da cuenta de una marca: ella, una joven de un pueblo de interior, es testigo epocal del asesinato de Andrea Danne y si hoy puede contarlo, es casi por simple azar. Este ida y vuelta entre la historia personal y la de las muchachas, articula el texto, a la par de la propia historia de esta investigación infructuosa. De allí sabemos que la autora “habla” porque el caso de Andrea estuvo siempre cerca y “volvía cada tanto con la noticia de otra mujer muerta”. Dar con el derrotero de las otras dos chicas, en cambio, será casual o deliberado. A María Luisa, la encontrará recordada en un diario chaqueño a 25 años de su asesinato; a Sara Mundín, la buscará como otro botón de muestra de una situación generalizada, cuando aún en la Argentina, “desconocíamos el término femicidio”.
La tensión siempre latente entre lo real y lo literario, característico del género al que diera origen Rodolfo Walsh, sustenta este trabajo que se perfila como uno de los mayores aportes al género de no-ficción en los últimos tiempos. De este modo, Almada cuenta la historia de estas mujeres, (que podría ser la historia de todas, de muchas de nosotras) intercalada con anécdotas recogidas durante su infancia, juventud e inclusive, en el presente de la escritura, cuando la investigación estaba desarrollándose. Mientras cuenta cómo era la vida de estas jóvenes y cómo fue su muerte, se despliega su propia historia. El texto está inundado de relatos, recuerdos y anécdotas narrados en primera persona, que bien podrían constituir un repertorio de experiencias “femeninas”: la de jóvenes hijas de trabajadores que van a estudiar a otra ciudad y hacen “dedo” para viajar barato, quedando expuestas al acoso de los conductores; la de mujeres sometidas al maltrato verbal de sus parejas en la calle y a la vista de todo el mundo; la de una madre amenazada por el marido con el amague de un cachetazo y la respuesta brava de la mujer, clavándole un tenedor en la mano. “Mi padre nunca más se hizo el guapo”, sentencia Almada, para luego agregar: “No recuerdo ninguna charla puntual sobre la violencia de género ni que mi madre me haya advertido alguna vez específicamente sobre el tema. Pero el tema siempre estaba presente.” Lo estaba en los comentarios familiares sobre vecinas que se suicidan porque el marido le pega; sobre esposas de carniceros violadas no por un desconocido, sino por propio marido (ante una sorprendida Selva de 12 años); o sobre un “Cachito” que “sacudía las siestas con los escándalos que le hacía a su novia”. Son éstas las escenas que “convivían con otras más pequeñas: la mamá de mi amiga, que no se maquillaba porque su papá no la dejaba. La compañera de trabajo de mi madre, que todos los meses le entregaba su sueldo completo al esposo para que se lo administrara (…) La que tenía prohibido usar zapatos de taco porque eso era de puta.”
Se devela entonces, lo que intuimos como tesis central de un trabajo que se solapa con el ensayo: el femicidio es el último eslabón de una cadena de violencia cotidiana, ejercida sobre las mujeres. Ésta se asienta sobre los prejuicios que laten en las anécdotas contadas.  Imágenes que se vuelven potentes a la hora de plasmar la denuncia sobre una sociedad patriarcal que se perpetúa bajo este sistema y hasta nuestros días. La mención de los casos de Paulina Lebbos, Nora Dalmaso, Ángeles Rawson, por citar los más resonantes de los últimos tiempos están allí, en el recuento de Almada, para dar cuenta de la realidad de las mujeres en pleno siglo XXI, tres décadas después de los hechos investigados, y a pesar de que el término femicidio tenga plena vigencia.
El testimonio y la investigación no alcanzan a la autora para “hacer justicia” frente a la impunidad que sobrevive a las “chicas muertas”. Sin embargo, se niega a callarse frente a la violencia machista y su naturalización. El bello y terrible fragmento del poema de Susana Thénon que abre la obra, daría cuenta de esa necesidad:
“esa mujer ¿por qué grita?
andá a saber
mirá que flores bonitas
¿por qué grita?
jacintos     margaritas
¿por qué?
¿por qué qué?
¿por qué grita esa mujer?”

Pero no es allí donde enmudece Almada. También esboza una crítica a las instituciones sociales cómplices de sostener tanta violencia e impunidad. Sarita Mundín, una adolescente iniciada en la prostitución, será “rescatada” por Olivera, cliente devenido amante y protector, principal sospechoso de su desaparición. Así, mientras narra, dispara: “De yirar en la ruta, pasó a tener una cartera de clientes del Comité Radical. Ella y su amiga Miriam García eran militantes del partido, dos muchachas jóvenes y lindas que enseguida llamaron la atención de los señores mayores, de buena posición social y doble discurso”. La crítica estará dirigida también, hacia una justicia que actúa con letargo como en el caso de María Luisa; mientras asoma, en algunas oportunidades, lo que pareciera ser una visión de clase: Suárez, el joven con quien ven a María Luisa por última vez, y su patrón, son sospechados del asesinato a pesar de que los testigos, curiosamente, cambien sus declaraciones contra el influyente patrón de pueblo.
Mención aparte merece el personaje de una tarotista que guía a Selva Almada en este descenso a los infiernos, viendo lo que ella no puede ver sobre estas chicas muertas. En ese trayecto que Almada desanda buscando las pistas sobre las muertes, será guiada como Dante por Virgilio, por “la Señora”. Ella será sus ojos y sentirá lo que sintieron esas chicas antes de ser asesinadas. Es “la Señora” quien nos acerca a los miedos de esas niñas, a los miedos de la narradora, a los miedos propios. Y son estos miedos, recuerdo permanente de un oprobio milenario, los que alimentarán el odio, que transformado en fuerza y voluntad de combate servirá para que estas historias de “chicas muertas”, no hayan sido contadas en vano.



* Esta reseña fue publicada en el nº 11 del mes de julio, en la revista Ideas de Izquierda

lunes, 14 de julio de 2014

En IdZ nº 11, que ya está en las calles, sobre "Chicas muertas"




de Selva Almada 
(Literatura Random House, Bs. As.,2014)




"El título anticipa la dimensión del flagelo que Selva Almada va a reconstruir en sus tramas íntimas. El genérico “chicas muertas” no es sólo la denominación en los expedientes consultados por la autora; da cuenta de que, sólo en Argentina, el asesinato de mujeres por el simple hecho de serlo, se materializa en cifras escalofriantes: una muerta cada 30 hs. en el último año; 1236, en los últimos 5. Serena, Nora, María Soledad, Wanda, María de los Ángeles, Paulina, María Luisa, Andrea, Sara… o Selva. “Tengo cuarenta años y a diferencia de ella y de las miles de mujeres asesinadas en nuestro país desde entonces, sigo viva. Sólo una cuestión de suerte”. 

   Esta obra no ficcional de la ya consagrada autora entrerriana, se basa en el relato de una investigación hecha por ella misma, sobre tres casos de jóvenes asesinadas en los años ’80, aún impunes. Andrea Danne, “Sarita” Mundín y María Luisa Quevedo son las “chicas muertas” cuya historia presenta Almada..." 

 Para leer la nota completa, buscá Ideas de Izquierda nº 11

sábado, 5 de abril de 2014

Sobre "Viajes Virales" de Lina Meruane

La siguiente reseña fue publicada en el nº 7 de la Revista de Política y Cultura, Ideas de Izquierda.



La literatura es una poderosa máquina que procesa o fabrica percepciones, un perceptrón*. Tal podría ser la concepción sobre la que se recuesta el trabajo ensayístico Viajes Virales (FCE, 2012) de la escritora chilena Lina Meruane. Al decir de Daniel Link, uno de los autores del corpus, la literatura es esa maquinaria que nos permitiría analizar el modo en que una sociedad en determinado momento, se imagina a sí misma. En este caso, Meruane se dedicará a rastrear representaciones literarias del VIH en un mundo “globalizado”, tanto en ese atravesar fronteras de los países latinoamericanos rumbo a EEUU; como en el transcurrir de tres las décadas desde que el virus hizo su aparición en los ’80, hasta la era de internet, los e-mails y las redes sociales. El ensayo reúne un vasto cuerpo de textos donde el sida aparece en la escritura de los autores latinoamericanos. Algunos de los cuentos, novelas o crónicas son obras como El color del verano del cubano Reinaldo Arenas, de los chilenos José Donoso o Pedro Lemebel, así como las novelas argentinas Un año sin amor y La ansiedad, de los respectivos Pablo Pérez y Daniel Link.
El articulador principal es el viaje, sea para “escapar” de esas naciones latinoamericanas de rígida moral (sumidas además, bajo la represión de las dictaduras) que rechazan una sexualidad libertaria y expulsan a un afuera “promisorio” que les permite constituir una identidad cosmopolita por fuera de la nación represorapero que implica a su vez, el peligro del contagio. En otros casos, el viaje será de regreso a lo que la autora denomina "naciones-moridero", en la búsqueda de que ese mismo cuerpo social que los desamparó se haga cargo de acogerlos en la etapa terminal del síndrome. Encontramos, así entre los “viajeros seropositivos” que rastrea Meruane a esas “locas tercermundistas” de Lemebel que viajan a Nueva York a “comprarse en exclusiva” la “recién estrenada moda gay para morir”; a la construcción autobiográfica de la argentina Marta Dillon que exige desde su “cartas abiertas” recogidas en Convivir con virus, frente un estado neoliberal que desprotege a los enfermos ante los costosos tratamientos o que lanza campañas moralistas frente a un virus que no permanecía asociado al “estigma” de la libertad sexual y el placer.

Por otra parte, es interesante el trazado que hace la chilena del corpus seropositivo latinoamericano, como “perceptrón” que configura un relato de resistencia antiimperialista, sobre todo en aquellas obras escritas en los años 80. Y esto no será menor en una década en la cual el capitalismo mundial avanza a través de su “negra noche neoliberal” sobre las condiciones de vida de las masas, a la vez que paradójicamente concede algunos derechos y “liberaliza” la sexualidad (de la mano con “mercantilizarla”), tras haber derrotado a sangre y fuego los procesos revolucionarios en la década anterior. La lectura que realizan los escritores del SIDA como una “peste rosa” pergeñada por el imperialismo norteamericano para exterminar a los disidentes (políticos y sexuales), devendrá una especie de contrarrelato al discurso hegemónico que esbozaba una enfermedad cuyo origen había que buscarlo en el "paciente cero", siempre proveniente de o en contacto con lugares de países "exóticos" (las semicolonias en África, Asia o Latinoamérica).
Las representaciones de los "seropositivos" en el pasaje de entender al sida como enfermedad terminal -cuando las primeras drogas apenas permitían prolongar un tiempo la vida- a una enfermedad crónica, son otro lugar de indagación, donde no escapa la dimensión disciplinadora del "cuerpo enfermo" por parte de la medicina y su cóctel de hasta 20 pastillas diarias.
Pero sobre todo, lo que constantemente atraviesa estos "viajes virales" es la posibilidad explorada o limitada del placer sexual. La “plaga" está asociada, en la literatura y en la vida, a la posibilidad de explorar el placer por fuera de las normas que obligan a una vida monogámica y hétero, donde la sexualidad debe ser regida por la reproducción y su control. El recorrido por la literatura seropositiva, es un recorrido, a su vez, por los diversos modos de explorar el deseo. 
Y a propósito de esto último, es interesante pensar que si en el caso de la homo y transexualidad, el estigma de "los portadores" tuvo un objetivo disciplinante pero contradictoriamente, permitió el despliegue de una comunidad de resistencia que sería, según Meruane, la que exigirá la protección del Estado frente a la enfermedad. En el caso de las mujeres seropositivas, lejos de una reivindicación de una sexualidad ligada al placer, la representación literaria de éstas dio cuenta del discurso patriarcal triunfante luego de que la construcción simbólica de la crisis global del sida, estuviese ligada a los “excesos” y el descontrol sexual. La autora ensaya intenta explicar las tensiones entre los oprimidos: homosexuales, travestis, transexuales, los principales afectados en la primera década de la crisis y esas otras silenciosas y silenciadas, las mujeres. Paradójicamente, tal como documenta la autora, las mujeres, estuvieron entre las principales afectadas por el virus (son actualmente el 60% nivel mundial), no sólo desprotegidas por un relato que se construyó alrededor de una enfermedad “homosexual”, sino porque además, como explica Meruane en una entrevista**, "en un inicio fueron escasas las mujeres contagidas y muchas de ellas eran prostitutas, o se les acusó de  prostitución, el estigma era enorme”. Así, las mujeres seropositivas van a padecer “el síndrome de la desaparición femenina” de los textos, y cuando salgan a escena, serán representadas como las esposas-víctimas del hombre que las contagia (tras “incursiones” homosexuales o poligámicas), constituyéndose en adalides de una "pedagogía del sida": "heroínas que sufren pero sacrifican su inquina por el bien de la familia, madres que subliman la necesidad del activismo en la exacerbación de una disposición doméstica...". Finalmente, en uno de los últimos capítulos de su trabajo, Meruane indagará sobre por qué no sólo aparecen con enorme carga negativa (no solo ya como la prostituta, "el doble del homosexual" en tanto sexualmente “hiper”activo) sino que sufrirán una "virtual erradicación”inclusive en ese “portador del signo femenino", el cuerpo travesti frente a la “cultura gay” global. La respuesta ensayada indica que cuando los enfermos retornen, lo harán en “competencia por la representación y el reconocimiento en el momento más crítico” frente a la búsqueda de la asistencia estatal. Se produce un “regreso a modelos sexistas que niegan todo signo femenino y celebran una masculinidad identificada con la salud del cuerpo biológico y político.”
El recorrido por el imaginario del sida concluye con el análisis del impacto de la era de la comunicación junto al “regreso” del deseo sexual y la búsqueda de su consumación. Es lúcida la observación de Meruane que descubre en las nuevas tecnologías (que se vuelven forma narrativa), una mediación que intenta acercar a los amantes, aún bajo el signo del temor al contagio y ese gran triunfo neoliberal sobre la subjetividad: el individualismo y la superficialidad.
La investigación de Lina Meruane, tiene la ventaja no sólo de reunir un vasto “corpus seropositivo” que se encontraba disperso y es arduo conseguir, sino porque aún sin que compartamos algunas de sus conclusiones, abre preguntas sobre la relación entre capitalismo, sexualidad y opresión, moldeadas por una enfermedad bajo cuyo intento de control subyace la voluntad disciplinaria de la mirada conservadora, garante el orden capitalista y patriarcal. 


*Link, Daniel, “El juego silencioso de los cautos” en El juego de los cautos. Literatura policial: de E.A Poe a P.D. James, Ed. La Marca, Bs As, 2003