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martes, 2 de septiembre de 2014

Las mujeres ante el Bicentenario*

 El siguiente texto fue trabajado para la Cátedra libre Karl Marx: "Debates ante la Argentina del Bocentenario" desarrollada en mayo de 2010, en la Universidad Nacional de Córdoba.




En el presente artículo, intentaremos abordar la historia de las mujeres en la Argentina del Bicentenario a partir de tres momentos de la historia nacional: los procesos de independencia, el Centenario en 1910 y por último, en la actualidad donde, a pesar de que la Presidenta (una mujer) nos intente hacer creer que éste es el “siglo de las mujeres” veremos que para las mujeres trabajadoras y pobres, tal cuento de hadas está muy lejos de nuestra realidad. No nos detendremos en otros momentos igualmente importante para la historia de las mujeres como lo es la década de los ’70, o más cercanamente en el tiempo, la crisis del 2001 ya que sería demasiado extenso para desarrollar aquí.

Partiremos planteando que, desde el punto de vista de la historiografía marxista - deudora de Milcíades Peña, Liborio Justo, entre otros - la historia de nuestra supuesta independencia no es la que nos presentan ni la “Historia oficial”, ni el discurso oficialista. Diremos, someramente, que nuestra interpretación se aleja de la historiografía liberal nacida con la obra de Bartolomé Mitre, donde se anuncia que la revolución de Mayo fue la liberación de una nación argentina preexistente, que a través de la acción de algunos hombres “ilustrados” y “decididos” buscó romper las cadenas del realismo español (hoy esta versión es la que intenta recuperar depuradamente la “nueva” colección del Grupo Clarín “Argentina Bicentenario”). Igualmente lejana estáde la mirada denominada “revisionista” para la cual, las “élites” extranjerizantes y antinacionales, subordinadas a Gran Bretaña por sus intereses económicos y a Francia por los principios liberales de la Ilustración, “malograron la revolución” y desplazaron a las masas populares del lugar central de la historia de Mayo.  Para ellos, la independencia fue un acontecimiento en que las “clases dirigentes y el pueblo” se enfrentaron aliados al despotismo español y luego Rosas y los caudillos federales serían los representantes de los intereses populares y nacionales. El kircnerismo que hoy festeja, intenta reeditar este mito haciéndonos creer que el pago de la deuda al FMI es la gran “gesta patriótica” de vuelta “soberana” al mercado te capitales. [1]
No obstante, como veremos, en ninguna de las versiones de la historia, aparece siquiera como digno de mención, el rol que pudieran haber jugado las mujeres en las guerras de independencia, así como tampoco la de los sectores populares, y apenas de éstos, si lo hacen de modo fragmentario y difuso. Veremos por qué.

1810

Para Milcíades Peña, la independencia nacional fue una revolución política llevada adelante por las elites criollas (clase dominante) que quería desembarazarse de la jerarquía burocrática importada desde España para manejar los asuntos de la colonia en pos de sus propios intereses comerciales y de producción. En este sentido, esas “revolución” no significó una trasformación estructural de la sociedad como tampoco existió el advenimiento de una nueva clase dirigente a partir de ese momento. Tanto las oligarquías del interior, los hacendados y comerciantes del puerto, como la clase política y los intelectuales como Moreno, Castelli, en un heterogéneo frente “antivirreynalista”, dirá Peña, acordaban en desembarazarse del centralismo español. Esto los llevaría a declarar la “independencia”, a lo que luego sobrevendrán las disputas de las diversas fracciones por hacerse del control político y económico del país emancipado. Inclusive, la conocida “Primera junta” de 1810, a pesar de haber depuesto al virrey Cisneros, era en nombre de don Fernando VII. Sin embargo, mal que les pese a quienes nos intentan presentar esta gesta como un acto patriótico de las masas populares junto a sus dirigentes, ambos clamando por la independencia frente al primer Cabildo “abierto”, los sectores populares no intervinieron al menos en este primer momento e, inclusive, cuando lo hagan no será necesariamente en apoyo a las elites dominantes que mantenían su subordinación sino, en contra de estos, la mayoría de las ocasiones. Dirá Peña que hasta por momentos, los españoles eran preferibles a los criollos propietarios explotadores.
Así, las distintas fracciones de la burguesía local (cuyo interés, por otra parte, no era independizar a la nación del yugo colonial hasta el final, puesto que tras la independencia de España, la reemplazaron rápidamente por la “protección” y “socorro” del imperialismo naciente, Gran Bretaña, tal como lo demostrará el famoso primer empréstito rivadaviano de la Baring Brothers) se enfrentaron contra la Corona española pero  también, se enfrentaron entre sí para decidir quién se quedaba con las riquezas y el poder político de esa “nación” por inventar. Las masas, en la Colonia, eran los gauchos, indios, mestizos y negros que muchas veces protagonizaron alzamientos contra esa clase dominante, los propietarios, fueran estos criollos o españoles.
Ni una ni otra visión de la historia argentina hace justicia al pasado y revela la verdadera naturaleza de los acontecimientos de Mayo de 1810. El mito fundante y la historia oficial posterior han ocultado algunas verdades poco “gloriosas”. Por un lado, a principios del siglo XIX no existía el Estado Nación, ni mucho menos, la “nacionalidad” argentina. Éste nacerá del triunfo de una de las facciones de la clase dominante criolla, la oligarquía porteña, rica propietaria de tierra y sirvienta ejemplar del capital inglés[2] que se impondrá sobre las clases oprimidas y explotadas, arrodillándose ante un nuevo imperialismo, ante la imposibilidad de emancipar verdaderamente al naciente país.

¿Y las mujeres qué parte tienen en toda esta historia?

En primer lugar, vale aclarar que la historia de ellas, en este período, es casi igual al silencio. Y cuando sus figuras aparecen (en la versión mitrista), son las imágenes de las mujeres de las clases dominantes, como Mariquita Sanchez de Thompson, en cuya casa se cantara por primera vez el Himno Nacional, y donde acogió a los pretendidos patriotas en sus tertulias. Era una mujer de la clase dominante que aportó dinero y joyas para “la causa” y fue impulsora (junto a su creador Bernardino Rivadavia) de la Sociedad de Beneficencia que veremos, llegado 1910, encabezó el Congreso de las “Damas de la Patria”, en los “festejos” del Centenario. Allí, estas damas muy lejos estarían, otra vez de las acciones y preocupaciones de la mujeres obreras y del pueblo, salvo para alejarla intentar alejarlas de las ideas libertarias.
Otra de esas mujeres, aunque más “popular”, será Juana Azurduy, de quien podremos reivindicar haber hecho oídos sordos al mandato femenino que las llamaba a permanecer entre los “dedales” y “ollas” o a lo sumo, atender a los heridos de la guerra. Juana Azurduy combatió al frente del ejército que destituyó al español presidente de la Real Audiencia de Charcas (Perú),  y bajo el mando de Belgrano reunió junto a otros a 10000 milicianos que combatieron a los realistas. Ella vio morir a sus hijos y combatió, cuenta la historia, embarazada de su quinta hija. En reconocimiento de su valor, Belgrano le entregará su valor, su sable y Juan Martín de Pueyrredón la nombrará Teniente coronel. Sin embargo, también sabemos que ella junto a su marido fueron parte de esos hacendados, que como Güemes - a quien se unirá luego en el repliegue sobre Salta- que combatieron a los realistas en defensa de sus intereses de hacendados y terratenientes del interior. Si bien ella va a terminar pobre, no podemos desconocer que no sólo ella provenía de las familias más acomodadas de Chuquisaca (como lo demuestra el hecho de que se haya educado en uno de los principales conventos de la ciudad), sino que también, como dijimos, se va a plegar al ejército de esos “patriotas” que querían construir un país a la medida de sus intereses.
Cristina, como vimos hace pocos meses, entregó el  legendario sable de la Teniente Coronel Juana Azurduy al gobierno de Bolivia, construyéndose “heredera” esa lucha antiimperialista, entregó. Pero claro, otro gran gesto patriótico mientras se arrodilla ante el FMI.

Pero la historia que no se cuenta es la de aquellas mujeres de los pueblos oprimidos, que como Bartolina Sisa, conocieron la miseria a la cual estaban destinados los indígenas en América, y se rebeló, junto a Tupac Katari, a la par del ejército comandado por el quechua Tupac Amaru, ante la dominación española, cercando durante meses la actual ciudad de La Paz al comando de 40000 soldados, y que tras su captura fuera desmembrada como señal de escarmiento a los rebeldes. Nada dice la historia de los vencedores, de esas mujeres de los pueblos originarios que retratara Flora Tristán  en sus escritos, que andaban armadas junto a los soldados, llevando a sus hijos a cuesta y aprovisionándose en los pueblos (inclusive por la fuerza) sin dueño, señor ni marido.   Menos aún cuenta de las mujeres indias despojados de sus tierras paulatinamente por el avance de los “patrióticos hacendados” sobre eso que la mitología oficial caracterizará como desierto (Coronado por el genocida julio Roca en su “Campaña del desierto”) hecha en función del fortalecimiento y concentración de la oligarquía terrateniente que - junto a los comerciantes porteños- salió triunfante del período de guerra civil tras la battalla de Pavón en 1861. Nadie nos cuenta nada tampoco de las mismas “chinas”, mujeres de los gauchos que junto a estos que fueran mandados a la “frontera” y considerados la barbarie por el liberal y contradictorio Sarmiento. Esos gauchos, indios, negros, carne de cañón de los ejércitos antes, durante y después de la pretendida independencia.
Poco se sabe de ellos y ellas ya que como dice Gramsci “la historia de los grupos subalternos es necesariamente disgregada y episódica”.
Rescatamos de estas esas intervenciones esporádicas de los sectores oprimidos la herencia de rebelión a la cual no renunciamos porque queremos verdaderamente liberar a la nación de la dominación imperialista de ayer y de hoy. Y veremos como ellos, verdaderos hacedores de la riqueza del país, seguirán preparando sus músculos, para las peleas que habrán de dar cuando al “oligarquía con olor a bosta” festeje el Centenario continuado de nuestra dependencia.

1910

El centenario va a encontrar un estado nacional consolidado con base en un régimen oligárquico profundamente dependiente del capital extranjero (ferrocarriles, modelo agroexportador), es decir, rotundamente antinacional. Este estado, con las particularidades propias de los estados de aquellos países que el revolucionario Lenin da en llamar “semicolonias”[3], surgirá en medio de las contradicciones de una clase capitalista (terratenientes y comerciantes) que actúa como socia menor del imperialismo británico y luego estadounidense, y relativamente débil, frente a una creciente y vigorosa clase obrera que se forja al calor de las sucesivas oleadas inmigratorias, junto a los hijos de los esclavos, indios y miembros de los sectores sobre cuya explotación se asentaba el orden colonial. Esa naciente clase obrera, se venía organizando contra la burguesía tanto nativa como extranjera ya desde 1857 cuando se funda la Sociedad Tipográfica bonaerense (sociedad de socorros mutuos) – sindicato en 1878 y dará, cada vez más organizada y consciente, innumerables luchas en la antesala de 1910.
Los inmigrantes provenientes de las grandes ciudades industriales europeas, trajeron consigo las ideas socialistas y anarquistas que harían de ese naciente movimiento obrero, protagonista de una oleada de luchas que cuestionaba el poder de la clase dominante. Apenas un año antes de la “celebración” del Centenario la clase capitalista nativa siempre socia de la extranjera, atacaba ferozmente de la mano del Coronel Ramón Falcón a esos obreros y obreras que se organizaban: La policía de Falcón mandó a ametrallar un desfile obrero en conmemoración del 1° de mayo, homenaje a los mártires de Chicago.
Como parte de este proceso de formación de la clase obrera argentina, encontramos a las mujeres que ya, según datan algunas fuentes, consituían en 1895 el 20% de los trabajadores industriales. Sabemos que en 1888 se da la primera huelga de las trabajadoras domésticas rebeldes ante la imposición de la libreta de conchabo.
A causa de que su situación de explotación era terrible, ellas mismas eran las protagonistas de múltiples reclamos contra la carestía de la vida, las condiciones de trabajo y las jornadas extenuantes. Carolina Muzzilli joven obrera hija de inmigrantes que a los 18 años se afilió al Partido Socialista (todavía del lado de la clase obrera, no de la oligarquía y los sojeros) denunciaba ya en sus trabajos que para las tabaqueras las jornadas se extendían entre 8 y 11 hs, mientras que entre planchadoras y lavanderas, podían trabajar entre 9 y 12 hs. También planteaba, ya desde temprano que la verdadera defensa de sus condiciones sólo podría ser hecha desde una perspectiva clasista. Pero volviendo, así, costureras, tejedoras, lavanderas, obreras de los frigoríficos van a ser las primeras huelguistas. Evidencia de esta pelea dada contra el capital por las propias mujeres (y sus compañeros obreros) es la ley 5291 que sancionada en 1907 reglamenta el trabajo femenino y de los niños (que eran 1/3 de la fuerza laboral), siendo así una de las primeras disposiciones en limitar las jornadas laborales para las mujeres obreras industriales, como una forma de otorgar concesiones y descomprimir la situación de rebeldía obrera (lo mismo sucederá en 1912, con la Ley Saenz Peña, que otorgará el voto secreto y universal y obligatorio para los varones mayores de 18 años). Desde ya que eso era en los papeles, pero como lo documentan numerosos estudios, a pesar de ser ésta un ley pionera, era sistemáticamente violada por los patrones en complicidad con quien debería colaborar a investigar las violaciones: la policía del antiobrero coronel Falcón.
Hacia 1914, la mayoría de las mujeres trabajaba en el servicio doméstico, y al igual que en la actualidad, atendiendo en las casas de las “señoras bien” era uno de los sectores más precarizados, con menos derechos laborales, al punto de que en los diarios de la época se observa que no sólo la mujer adulta se ofrecía para estos servicios por un salario miserable, sino que lo hacía con su propia hija cobrado sólo por el trabajo de una. Ello, como se desprende también de los documentos, llevaba al abandono de las pequeñas de los estudios primarios, condenando muchas veces al analfabetismo a estas pequeñas. Aún así, con el avance del siglo XX, las mujeres irán incorporándose progresivamente, al mundo del trabajo, ya no solamente como obreras industriales, sino en puestos que requerían algo más de preparación dada por la incorporación de estas a la escolaridad primaria: los “puestos de escritorio (taquígrafas, oficinistas, telégrafas) o bien como vendedoras en comercios y tiendas. Recién en 1924 se reglamentará el límite de las jornadas laborales también para estas trabajadoras.
Por otra parte, las mujeres se desempeñaban mayoritariamente en profesiones consideradas “femeninas”, como la docencia (ya fuese en escuelas normales como de modo particular) o dedicadas al cuidado de los demás como parteras, enfermeras, entre otras.
Este paulatino avance de las mujeres, sobre todo las de las clases medias, representada por pequeños comerciantes, cuentapropistas o inclusive algunas obreras a costa de muchísimo esfuerzo y rompiendo su mandato de clase (como lo atestigua el caso de Carolina) empezaban a hacerse eco de las ideas que propugnara la primera ola del feminismo. Había mujeres que comenzaban a demandar y que se garantizase la igualdad de derechos formales para las mujeres como el derecho al voto, el divorcio, la patria potestad o el derecho a la educación laica.
En este marco de surgimiento del feminismo liberal, se dará entonces la división de las mujeres que participaban del Consejo Nacional de la Mujer (1900), en dos congresos contrapuestos.

Ante los festejos del Centenario, las damas de las clases “más distinguidas por su nacimiento, su inteligencia, su ilustración y su alta posición social” (como lo declararon las señoras de estancieros, financistas y comerciantes) organizarán el Congreso Nacional Patriotico, que impulsado por la sociedad de Beneficencia, como vimos, fundado por Rivadavia con la ayuda de Mariquita Sánchez de Thompson, se proponía la observación de la moral y la religión, apoyándose en las acciones de beneficencia y caridad que les permitía “lavar sus conciencias” a través de la filantropía costumbre tan arraigada a la burguesía de todas las latitudes. Nada lejano a las Fundaciones culturales o artísticas que hoy una Nelly Blaquier (hija del antiguo dueño del Ledesma) , pretende lavar su cara de genocida y asesina de los obreros del ingenio Ledesma durante el “apagón del terror” en 1976. La Iglesia compartirá con las “patriotas” la preocupación ante el avance del socialismo y anarquismo entre las obreras.
Pero ante este congreso de las “Damas de la Patria” se puso en pie otro, de aquellas mujeres que ya habían comenzado a cuestionar los pobres roles de madre y esposa que la sociedad les exigía, avanzando en espacios hasta esos momentos vedados para ellas: eran las primeras mujeres universitarias, médicas, maestras “normales” o intelectuales que proviniendo de las clase medias, manifestaban también ciertas preocupaciones por la situación de las trabajadoras. A excepción Carolina Muzzilli, las mujeres obreras no participaron de aquel Congreso.  Tampoco las anarquistas, cuyo peso en la organización del movimiento obrero de la época, era importante. Anecdóticamente, entre ellas y su preocupación por la situación de las mujeres, rescatamos a Juana Rouco Buela quien en 1907 fundó el Centro Anarquista Femenino. Estos tuvieron parte en la importante huelga de los inquilinos, que surgió como respuesta ante las amenazas de desalojo por falta de pago de los alquileres que aumentaban. Las mujeres, como en otras ocasiones, tuvieron un destacado papel repeliendo los intentos de desalojo. En esos años, Juana Rouco Buela, ante el avance de leyes represivas como la Ley de residencia[4], promulgada frente la creciente organización obrera, fue deportada a España.

Las discusiones de aquel Primer congreso femenino, giraron en torno a cómo mejorar las condiciones de las mujeres, tanto en lo que hace a los derechos democráticos como la ley de divorcio y la patria potestad sobre los hijos (Ley 11357, 1926), así como el derecho a su educación y a la necesidad de que éstas se emanciparan económicamente. Llama la atención, por ejemplo, el debate impulsado por la socialista Ma. Beggino atacando categóricamente las acciones de beneficencia que en definitiva, impulsadas por esas damas ricas y católicas que vivían a expensas de la explotación de otros, gastaban sus limosnas en los pobres, a veces, hasta trabajadores, pero sólo si profesaban su misma religión. Estas primeras feministas, se preocuparon por condiciones de las trabajadoras y ello se observa en las propuestas de la Liga de mujeres Librepensadoras respecto a la enseñanza de oficios y capacidades técnicas para que las obreras alcanzaran iguales salarios justos de acuerdo a sus trabajos, exigiendo al Estado nacional que garantizara estos derechos. De igual modo que exigían que la educación fuese laica, mixta e igualitaria para ambos sexos. Estas y otras demandas aglutinaron las universitarias y profesionales como las Médicas Cecilia Grierson (la primera egresada de una escuela de medicina) y Julieta Lanteri (fundadora del Partido Femenino argentino y primera mujer candidata).[5]
De igual modo, la inserción de la mujer al mundo laboral, desató tempranamente debates entre quienes defendían los derechos de aquellas, ya que por ejemplo, las leyes citadas se sancionaron tempranamente, pero siempre con el objetivo de defender a la mujer en su condición de madre así como su igualación con los niños en términos de “minoridad”. De ello dan cuenta los debates acalorados de las mujeres liberales en el Primer Congreso Femenino Internacional, de 1910.
El derecho al sufragio femenino fue otro de los puntos que generó controversias ya que las socialistas junto a la feminista Lanteri, peleaban por el derecho al voto, mientras otras como Cecilia Grierson, planteaban la necesidad de educarlas primero para que luego fuesen capaces de discernir y decidir.
Mayores controversias ocasionó la discusión respecto a la protección del trabajo femenino, que para las feministas no socialistas se basaba en las posibilidades de la “excesiva protección” que podrían significar las limitaciones del trabajo de las mujeres ya que podían sostener la idea reaccionaria de que las mujeres eran seres inferiores y frágiles y por ello había que protegerlas[6]. Las socialistas, por su parte, opinaban que con esa protección, se irían acercando a la situación deseada de que las mujeres estuvieran expuestas a la necesidad del trabajo asalariado y pudieran dedicarse a su esencial tarea materna (y que esas reformas llegarían, de la mano del ingreso del diputado socialista, Alfredo Palacios, al Parlamento)
Similar debate se daba a nivel internacional pues, para la revolucionaria alemana Clara Zetkin en 1889, esa excesiva protección de la condición femenina, daba pretextos a la burguesía para no incorporar a las mujeres a la producción, atentando contra la posibilidad de que la mujer realizara tareas fuera del oscuro reducto del “hogar”, planteando que la igualdad ante la ley con el advenimiento del socialismo, subsanaría esa situación. Luego entendería que en el camino de preparar la posibilidad de la revolución socialista, las mujeres tenían que avanzar, aún en el marco del estado burgués, en la conquista de sus derechos como mujeres, sin reducir su estrategia a la lucha parlamentaria, pues, como dirá Lenin, “igualdad formal no es igualdad ante la vida”.
Carolina Muzzilli, fue expresión de quienes concentraron su lucha y militancia, intentando organizar a las obreras en las fábricas y talleres poniendo aún desde antes, en la práctica lo que dijera Ma. Beggino en el Congreso: “‘la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos’, así, la emancipación de la mujer debe ser obra de las mujer misma”. Ella misma daba cuenta de que las mujeres en las fábricas, tampoco eran las que más se organizaban, participaban de asambleas u otras instancias sindicales por falta del apoyo de sus compañeros e inclusive, debido al rechazo social que como hemos visto, producía el trabajo femenino.
Con mujeres como ella, surgía un “feminismo” cuya precursora fuera Flora Tristán (1838-influenciada por el socialismo utópico de Fourier) antes aún que Marx y Engels en el Manifiesto comunista, el problema de la opresión de las mujeres no podría resolverse si no se terminaba con un sistema que estaba tan interesado en explotar tanto a la mujer como a los obreros y niños, para satisfacer sus sed de ganancias. Y ese sistema – el capitalismo - no se podía reformar.
Coincidimos con A D’Atri[7], dos cosas que queremos destacar de este período: que la unidad conseguida entre las “librepensadoras” y las socialistas, para llevar adelante un congreso que se opusiera al reaccionario congreso patriótico de las señoras de la oligarquía y con apoyo del Estado, para pensar las problemáticas de las mujeres y la pelea por su emancipación, y aunque que si bien estaban todas enfocadas a conseguir la sanción de leyes de parte ese mismo Estado que (como surgía en los debates) era el responsable y garante de la situación de desventaja que sufrían las mujeres. Los partidos que se decían tributarios de la clase obrera, tenían una estrategia parlamentarista, confiando en que ese Estado, que era el que reprimía las huelgas, impulsaba leyes restrictivas y mantenía a los y las trabajadoras en condiciones miserables como lo atestigua el hacinamiento en los conventillos, sería el garante de emancipar a las mujeres con sus leyes. Las historia demostró el límite de esta estrategia y hoy los sigue haciendo: el empantanamiento de la ley de matrimonio civil en el Congreso es una muestra de ello.
Aún así, esos debates en la Argentina de 1910, junto pero esencialmente al calor de las luchas que las obreras venían dando desde principio de siglo, les permitieron conquistar la ley de divorcio, las licencias pre y postparto para las madres o la limitación de la jornada laborales para todas las trabajadoras.


2010

Finalmente, en el siglo XXI, a 200 años de esa pretendida emancipación, nos encontramos con que la situación de las mujeres trabajadoras y pobres, no ha variado ostensiblemente de la que preocupaba a las feministas del Primer Congreso. Así, más allá de que quieran hacernos creer que porque tenemos una presidente mujer, o aquí en Córdoba, por ejemplo, la primera Rectora mujer en 400 años de la vida de la UNC, las mujeres poco hemos avanzado en la conquista de nuestros derechos fundamentales.
Se nos podrá decir que Eva Perón, conquistó el derecho al voto para las mujeres, ante lo que responderemos que fue una demanda ya de una de las corrientes de la clase obrera la que lo impulsó, sin éxito, en el Parlamento ya 15 años antes y las feministas lo pedían desde 1910. Le diremos, que el peronismo siempre tuvo la línea, cuando se encontró en aprietos para contener a la clase obrera que comenzaba a cuestionarlo, de otorgar concesiones a costa de mantener la explotación por los patrones de millones de trabajadores y trabajadoras en la Argentina.
Del mismo, modo, hoy el gobierno de Cristina Kirchner y su marido, que se apoya en lo más rancio de ese mismo Partido Peronista, mantiene al 40% de los y las trabajadoras en negro, la mayoría (el 54 %) son mujeres sin ningún derecho laboral.
Frente a lo que preocupaba a carolina Muzzilli en 1910, en cuanto a la participación sindical, habrá que confesar que hoy sólo un 23% de las trabajadoras en blanco ocupa puestos sindicales.
En la Argentina, tras 7 años de gobierno de la primera mujer presidente, las mujeres, un 53% de la población, y entre ellas las trabajadoras, estamos entre los peores pagos del país. Así, a pesar de que las mujeres hemos ido avanzando en lo niveles de escolarización que tanto preocupaban a las feministas de 1910, nosotras seguimos cobrando hasta el 35 % menos que los trabajadores hombres por la misma tarea. Eso en el caso en que las mujeres puedan concluir sus estudios, ya que muchas mujeres jóvenes se ven obligadas a incorporarse al trabajo informal como por ejemplo, como trabajadoras domésticas que en un 95% de los casos está en negro. Eso, es decir que en el caso de que las empleadas domésticas son en un 99,5% mujeres, todas carecen de derechos laborales. Más allá de la retórica y las leyes impulsadas por este supuesto gobierno de los DDHH, sólo en los casos en las trabajadoras domésticas superen las 16hs semanales (la ínfima minoría de los casos) la ley las ampara. Del mismo modo que en 1910, esta ley sigue siendo  violada porque el Estado no “puede”, dirán, controlar en los hogares, por ser éstos un ámbito privado. Hecha la ley, hecha la trampa.
Por otra parte, este mismo gobierno K, legaliza ese trabajo no pago que los capitalistas extraen de todas las tareas que realizan las trabajadoras en sus hogares y en vez de reconocerlas como tales, el gobierno de CFK las jubila como “amas de casa” (el 73% de los nuevos jubilados son mujeres en esas condiciones).
Ni hablar de las estadísticas, que registran que menos del 5 de cada 10 mujeres tiene trabajo, pero lo que ocurre es que no cuentan que esas trabajadoras “inactivas” que supuestamente no trabajan (el 44%) lo hace sin que éste sea reconocido. Así, realizan el cuidado de los niños (la futura mano de obra para los patrones), la limpieza del hogar, la cocina, lavado, planchado y demás tareas que garantizan que los obreros a quienes superexplotarán las multinacionales amparadas por los K, estén listos cada día para ir a trabajar.
Lo anterior, si no contamos, además, que el desempleo es 30% mayor entre las mujeres que entre los hombres, a pesar de que muchas de ellas sean sostenes de familia como lo indica el hecho de que en el 35% de los hogares las mujeres solteras, viudas o separadas son jefas de hogar.
Hoy, en la Argentina del Bicentenario, y ante una situación de crisis capitalista como la que vivimos actualmente a nivel mundial, esas mujeres pobres, sin acceso a la educación, con hijos a cargo (porque muchas de ellas no pudieron decidir sobre su maternidad) que trabajan en las casas de otras mujeres, son las primeramente golpeadas por el desempleo, echadas sin indemnización ni reconocimiento de su trabajo, vulnerables ante el flagelo de las redes de trata y prostitución que en los últimos 5 años se cobró más de 600 víctimas en la Argentina. En la Argentina de Kristina, el segundo negocio ilegal del mundo, la trata de personas, también festeja el Bicentenario.


Al salario de las mujeres que trabajamos (no importa dónde) se lo considera “complementario” aunque una de cada 3 sea sostén de un hogar. Por eso,            quienes nos desempeñamos en trabajos “tradicionalmente femeninos” como la docencia, donde somos el 77,8%, o entre quienes se dedican a la salud, trabajo social, etc. Somos un 70%, recibimos salarios bajísmos. Así lo observamos hoy en la industria alimenticia, donde también la mayoría son mujeres. Somos las peores pagas del país.
Si encima se agrega las tareas que realizamos en el hogar y que nadie nos paga - doble jornada- (y al mismo tiempo, son potencialmente socializables e industrializables, lo cual permitiría emanciparnos de estas atávicas cadenas) los capitalistas y sus estados, extraen jugosos “ahorros” de esa producción de riqueza que no pagan. El trabajo realizado “puertas adentro” suele alcanzar el 50% del PBI de los países. 


Qué de todo esto modificaron los Kirchner después de 7 años de gobierno “nacional y popular”. Cristina Kirchner (de la mano de Moyano, Yasky y cía.) sigue defendiendo los intereses de los capitalistas como Ricardo Fort, la multinacional Kraft, o el capitalista “nacional” Pagani de Arcor, garantizando a costa de nuestra salud y condiciones de vida, mano de obra.
Qué diremos en cuanto a los derechos democráticos como el derecho al aborto que impediría que más de 500 mujeres, sobre todo trabajadoras y pobres, mueran al año por abortos clandestinos, ya vemos como CFK mantiene relaciones estrechas con sus acérrimos opositores, con el cardenal Bergoglio y la Institución eclesiástica a la cabeza. Sí esa misma Iglesia cómplice de la dictadura que mantiene a más de 20000 pederastas en todo el mundo y habla de la defensa de la vida.
Aunque ahora, muchas mujeres, homosexuales, lesbianas, travestis, crean que se les concederá el derecho a la unión civil (que aunque no compartimos la ingerencia del estado en nuestras relaciones y vidas, apoyamos como demanda), debemos ser conscientes que es apenas un gesto demagógico y un artilugio para dividir a la oposición burguesa que hipócritamente se escandaliza ante el derecho a decidir sobre nuestra propia sexualidad. Mientras gobierno y oposición se pelean para no perder votantes, Natalia Gaitán fue asesinada por ser mujer, lesbiana y pobre. Mientras opositores y oficialistas dicen conservadoramente que los niños y niñas necesitan “papá y mamá”, preguntamos por qué tanta preocupación cuando “papá”,  “mamá” no vuelven hasta tarde a sus hogares porque trabajan la mayor parte del día en jornadas extenuantes de 10 o 12 hs como hace 100 años!, para obtener un salario que les permita subsistir como las trabajadoras/es de Arcor y de la alimentación que vienen de protagonizar una enorme lucha en Córdoba o las docentes de Neuquén que siguen en lucha; sin derecho a organizarse porque lo impide la patronal, sufriendo acoso sexual y hasta violaciones -ante lo cual se vienen enfrentando las trabajadoras de la fábrica del obscenamente multimillonario Ricardo Fort; en condiciones de seguridad e higiene que ponen en riesgo sus propias vidas, como lo evidenció la heroica lucha de las trabajadoras de Kraft el año pasado ante la gripe A.

Evidentemente, lo de este gobierno que se propone festejar el Bicentenario de una independencia nacional que no fue, ni es, es puro doble discurso para hacernos creer a los trabajadores, el pueblo y las mujeres junto a las minorías oprimidas, compartimos con ellos nuestros intereses.
Ni los intereses de CFK que paga al FMI, que garantiza subsidios para los monopolios tanto imperialistas como Kraft, como “nacionales” como Arcor; ni de la oposición republicana y sojera a la que los K siguen garantizando ganancias extraordinarias de la soja, así como a los pooles de siembra, tienen que ver con la realidad de trabajadores y pobres.
Su gobierno mantiene a más de 3 millones de trabajadores y trabajadoras con salarios menores a $1000, a un 40% nosotros en negro y sin derechos laborales; a los trabajadores en blanco atado de pies y manos por la repodrida burocracia sindical de Moyano (cómplice de la triple A) o Yasky. Cada uno de ellos se negó a unificar las luchas de los obreros de la alimentación junto a las de los demás trabajadores industriales contra las patronales en las paritarias y abandonó en las luchas por salario a los docentes de todas las provincias, respectivamente. Ahora el progresista Yaski,  aisla a los docentes neuquinos.
No vendrá de ellas y ellos (oficialismo u oposición) como no vino en 1810 de sus “antepasados”, la independencia verdadera: la de los sectores oprimidos y explotados del país. Mucho menos, lo será para las mujeres, a pesar de que Cristina diga que es “nuestro siglo”.

La verdadera emancipación de las cadenas del imperialismo, así como la verdadera emancipación de las mujeres, pueblos originarios, personas sexualmente diversas vendrá de la mano de la organización en nuestros lugares de trabajo (y estudio) para enfrentar a las patronales y sus funcionarios.
Esa tradición de rebeldía de las mujeres que se enfrentaron a los realistas, criollos en 1810; la de las obreras que despertaban al calor de las huelgas con el nacimiento del movimiento obrero argentino y las de las intelectuales y universitarias que se rebelaban contra los mandatos del estado oligárquico y la curia. La tradición de esas mujeres que una vez más en la historia, eran la vanguardia para enfrentarse a la desocupación, la miseria, la pobreza: es ése el camino que marcaron tras el 2001 las mujeres del movimiento piquetero, las obreras de Brukman tomando su fábrica para defender el trabajo digno, las trabajadoras y mujeres de la textil Mafissa resistiendo la represión y organizándose en Comisiones de mujeres; las docentes y trabajadoras de la salud que durante años, a lo largo y ancho del país defendieron y defienden, como lo hacen hoy las docentes en Neuquén, la educación y la salud públicas. Esa es la tradición de la que se nuetren hoy las nuevas generaciones de mujeres trabajadoras. Así lo comenzaron a demostrar en 2009 las obreras y obreros de de Kraft, Felfort, Zanon, Subte… creando ellas sus organizaciones propias, las Comisiones de mujeres para pelear por sus derechos, y siempre junto a sus compañeros de clase contra los patrones explotadores. Obreros y obreras, en alianza con los desocupados y el pueblo pobre, junto a los estudiantes secundarios y universitarios son quienes pueden acabar con la explotación que refuerza esas cadenas de opresión que sufrimos las mujeres pero que a los capitalistas les es funcional. Y a ellas (y ellos) las estudiantes, intelectuales, jóvenes secundarias queremos atar el destino de las luchas por nuestros derechos.

Finalmente, y para reivindicar un aspecto que tuvieron de muy progresivo las feministas de 1910, queremos destacar que la real emancipación de los pueblos de Latinoamérica, de las mujeres, de las y los trabajadores vendrá de nuestra unidad internacionalista, con independencia de clase, entendiendo que es nuestra fuerza, la de las mujeres en resistencia ante el golpe de la derecha en Honduras, la de las mujeres haitianas resistiendo los ataques de la virtual invasión imperialista tras el terremoto, la de las mujeres chilenas tras la misma catástrofe natural oponiéndose ante la militarización contra los desposeídos la que nos permitirá vencer, las de las obreras de Felfort contra el millonario Fort, la de las obreras de Arcor, de pie contra la miseria, la de las docentes, neuquinas, jujeñas (reprimidas por luchar en este gobierno K)…
Desde Pan y Rosas y el PTS creemos que sólo así, tirando abajo este sistema que se asienta sobre la mayor de las opresiones: la de una clase parasitaria explotando a otra, será posible sentar las bases para comenzar a erradicar esa milenaria opresión que sigue condenando a las mujeres. Sólo con la destrucción del capitalismo a manos de la clase obrera, podremos comenzar a construir una sociedad sin oprimidos. Sólo, además, luchando contra los prejuicios que los capitalistas y sus ideólogos nos imponen para mantenernos divididos a mujeres y hombres de la clase obrera, inmigrantes, jóvenes, viejos, pobres…Con la unidad entre oprimidos y explotados, podremos derrotarlos.
Por eso, en esto que es un debate con aquellos que queremos erradicar la violencia opresora hacia las mujeres, decimos con Luise Kneeland de 1914: "El socialista que no es feminista carece de amplitud. Pero quien es feminista y no es socialista carece de estrategia." 



Bibliografía general


  • Aragón, Hernán, Historia Crítica del sindicalismo. De los orígenes hasta el Partido Laborista, Ed.IPS, Bs As, 2009.
  • D’Atri Andrea et al., Luchadoras. Historia de mujeres que hicieron historia, Ed. IPS, Bs As, 2006
  • D’Atri Andrea, Pan y rosas, Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo, Ed Las armas de la crítica, Bs As, 2004.
  • Engels, Friedrich, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Ed. Nuestra América, Bs As, 2006.
  • Feijoo, Lucía y Grossi, Florencia, “Apuntes para interpretar la revolución de mayo” en Revista Cuestionando desde el marxismo, publicación de la Corriente nacional “9 de Abril”, Segunda época, N°2 Abril, 2010.
  • Historia, actas, trabajos. Primer Congreso Femenino, Bs As-1910 con prólogo de Dora Barrancos, Ed. Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba, 2008.
  • Lenin, V.I, Imperialismo. Fase superior del capitalismo, Ed. Quadrata, Bs As, 2006
  • Lenin, V.I, La mujer y el progreso social (compilación), Ed polémica, Bs As, 1975.
  • Lobato, Mirta Z., Historia de las trabajadoras en la Argentina (1869- 1960), Edhasa, Bs As, 2007
  • Revista de la Universidad Nacional de Córdoba, “La mujer argentina y latinoamericana”, VIII Curso Temporada, Año X, N° 1-2, 2da serie, Marzo-Junio, 1969.



[1] Para profundizar en este debate ver  Feijoo,Lucía y Grossi, Florencia, “Apuntes para interpretar la revolución de mayo” en Revista Cuestionando desde el marxismo, publicación de la Corriente nacional “9 de Abril”, Segunda época, N°2 Abril, 2010.
[2] Feijoo, Lucía y Grossi, Florencia, op cit.
[3] Formas de “transición” de los Estados nacionales cuyas particularidad es ser “políticamente independientes desde un punto de vista formal, pero en realidad envueltos por la red de la dependencia diplomática y financiera”; Lenin, V.I, Imperialismo. Fase superior del capitalismo, Ed. Quadrata, Bs As, 2006, p. 82.
[4] Cabe decir que esta ley, por ejemplo, también tuvo su componente de género ya que se deportaba sólo a los varones, dejando a las mujeres e hijos aquí y era utilizada para que las mujeres presionaran conservadoramente a los obreros para que no salieran a pelear porque sino los deportarían y ellas se quedarían solas.
[5] Aun antes de que el peronismo y Evita, expropiaran esa demanda de las mujeres que había irrumpido en el país al calor del feminismo conocido como de la “primera ola” de mano de las sufragistas y se sancionara en 1947 el derecho al sufragio femenino.
 [6] Lo que no veían las feministas era que había una particular situación de doble opresión en las mujeres trabajadoras. De allí que el Congreso Femenino, se pronunciaba por la unidad de las mujeres en general, con una clara ideología de conciliación de clases.
[7] D’ Atri, Andrea, “
El feminismo y la izquierda. Una historia de encuentros u desencuentros en la lucha por la emancipación” en Señoras, universitarias y mujeres (1910-2010), Hector Recalde (compilador), Grupo editor Universitario, Bs As, 2010.

viernes, 21 de febrero de 2014

Crónicas de Sidario


La plaga nos llegó como una nueva forma 
de colonización por el contagio. 

Reemplazó nuestras plumas por jeringas, y el sol 
por la gota congelada de la luna en el sidario. 


Así se presenta Loco Afán. Así sigue, tan bello, tan trágico. Lo dejo para quien quiera sorber las lágrimas del odio que se arrincona en estas crónicas, las que permiten juntar la bronca que hace salir del cómodo sillón y organizarse para poner a la orden del día, "el derecho a la resurrección de los vencidos". 




"Demasiado herida"
 LA NOCHE DE LOS VISONES (o la última fiesta de la Unidad Popular)


Santiago se bamboleaba con los temblores de tierra y los vaivenes políticos que fracturaban la estabilidad de la joven Unidad Popular. Por los aires un vaho negruzco traía olores de pólvora y sonajeras de ollas, "que golpeaban las señoras ricas a dúo con sus pulseras y alhajas". Esas damas rubias que, pedían a gritos un golpe de Estado, un cambio militar que detuviera el escándalo bolchevique. Los obreros las miraban y se agarraban el bulto ofreciéndoles sexo, riéndose a carcajadas, a toda hilera de dientes frescos, a todo viento libre que respiraban felices cuando hacían cola frente a la UNCTAD para almorzar. Algunas locas se paseaban entre ellos, simulando perder el vale de canje, buscándolo en sus bolsos artesanales, sacando pañuelitos y cosméticos hasta encontrarlo con grititos de triunfo, con miradas lascivas y toqueteos apresurados que deslizaban por los cuerpos sudorosos. Esos músculos proletarios en fila, esperando la bandeja del comedor popular ese lejano diciembre de 1972. Todas eran felices hablando de Música Libre, el lolo Mauricio y su boca aceituna, de su corte de pelo a lo Romeo. De sus jeans pata de elefante tan apretados, tan ceñidos a las caderas, tan apegados a su ramillete de ilusiones. Todas lo amaban y todas eran sus amantes secretas. "Yo lo vi. A mí me dijo. El otro día me lo encuentro". Se apresuraban a inventar historias con el príncipe mancebo de la televisión, asegurando que era de los nuestros, que también se le quemaba el arroz, y una prometió llevarlo a la fiesta de Año Nuevo. A esa gran comilona que había prometido la Palma, esa loca rota que tiene puesto de pollos en la Vega, que quiere pasar por regia e invitó a, todo Santiago a su fiesta de fin de año. Y dijo que iba a matar veinte pavos para que las locas se hartaran y no salieran pelando. Porque ella estaba contenta con Allende y la Unidad Popular, decía que hasta los pobres iban a comer pavo ese Año Nuevo. Y por eso corrió la bola que su fiesta sería inolvidable.



Todo el mundo estaba invitado, las locas pobres, las de Recoleta, las de medio pelo, las del Blue Ballet, las de la Carlina, las callejeras que patinaban la noche en la calle Huérfanos, la Chumilou y su pandilla travesti, las regias del Coppelia y la Pilola Alessandri. Todas se juntaban en los patios de la UNCTAD para imaginar los modelitos que iban a lucir esa noche. Que la camisa de vuelos, que el cinturón Saint-Tropez, que los pantalones rayados, no, mejor los anchos y plisados como maxifalda, con zuecos y encima tapados de visón, suspiró la Chumilou. "De conejo querrás decir linda, porque no creo que tengas un visón." "Y tú regia. ¿De qué color es el tuyo?" "Yo no tengo", dijo la Pilola Alessandri, "pero mi mamá tiene dos." "Tendría que verlos." "Cuál quieres. ¿El blanco o el negro?" "Los dos", dijo desafiante la Chumilou. "El blanco para despedir el 72, que ha sido una fiesta para nosotros los maricones pobres. Y el negro para recibir el 73, que con tanto güeveo de cacerolas se me ocurre que viene pesado." Y la Pilola Alessandri, que había ofrecido los abrigos, no pudo echarse para atrás, y esa noche de fin de año llegó en taxi a la UNCTAD, y después de los abrazos, sacó las pieles sustraídas a la mamá, diciendo que eran auténticas, que el papá los había comprado en la Casa Dior de París, y que si algo les pasaba la mataban. Pero las locas no la escucharon, envolviéndose en los pelos posando y modelando mientras caminaban a tomar la micro para Recoleta, comentando que ninguna había probado bocado, menos la Pilola que en el apuro por sacar los abrigos se había perdido la cena familiar con langosta y caviar, por eso estaba muerta de hambre, con el estómago hecho un nudo, desesperada por llegar donde la Palma a probar los pavos de la rota.



Al cruzar el grupo frente a una comisaría, las regias se adelantaron para no tener problemas, pero igual los pacos algo gritaron. Entonces la Chumilou se detuvo, y haciendo resbalar el visón por su hombro, sacó un abanico y les dijo que estaba preparada para la noche. Después en la micro no dejó de arrastrar el tapado por el pasillo haciéndose la azafata. Cantando un cuplé, transformando el viaje en un show de risas y tallas que respondían las otras acaloradas por el verano nocturno. Cuando llegaron, no quedaban rastros de pavo; una ponchera de vino con frutas y trozos mordidos de canapés regaban la mesa. La Palma pidiendo disculpas, corriendo de un lado a otro porque habían llegado las regias, las famosas, las pitucas culturales, las chupas de muelas bajando del avión. Esas rucias estiradas que en la calle Huérfanos le hacían desprecios, las mismas locas jai que odiaban a Allende y su porotada popular. Ellas, que derramaban chorros de perlas, lagrimeras porque a la mamá los rotos le habían expropiado el fundo. La Astaburuaga, la Zañartu y la Pilola Alessandri, tan peladoras, tan conchudas, tan elegantes con sus abrigos de visón Porque llegaron hasta Recoleta con abrigos de visón como la Taylor, como la Dietrich, en micro. No te digo. El barrio se despobló para verlas, a ellas, tan sofisticadas como estrellas de cine, como modelos de la revista Paula. Y las viejas pobladoras no lo podían creer, se quedaron sin habla cuando las vieron entrar a la casa de la Palma. A esa fiesta coliza que ella había preparado por meses. Y al verlas llegar, todas empieladas con ese calor, mirando con asco la casa, diciendo de reojo: Regio tu plaqué niña por los candelabros de yeso que decoraban la mesa, la pobre mesa con mantel plástico donde nadaban algunos huesos de pollo y restos de comida, la Palma no hallaba dónde meterse, dando explicaciones, reiterando que había tanta comida; veinte pavos, champaña por cajas, ensaladas y helados de todos los sabores. Pero estas locas rotas son tan hambrientas, no dejaron nada, se lo comieron todo. Como si viniera una guerra



Toda la noche salpicaron las cumbias maricuecas ese primer amanecer del año 73. Al correr la farra con nuevas botellas de pisco y de vino que mandaron a comprar las reglas, los matices sociales se confundieron en brindis, abrazos y calenturas desplegadas por el patio engalanado con globos y serpentinas. Alianzas de gueto, seducciones comunes, agarrones de nalgas y apretones de los vecinos obreros que Regaban a saludar a las regias Pompadour, amigas de la dueña de casa. Conchazos y más ironías que estallaban en risas e indirectas por la ausente comilona. En medio de la música, la Pilola gritaba: "Se te volaron los pavos niña" y otra vez la Palma volvía a las explicaciones, juntaba los andamios descarnados y las plumas, mostrando un cementerio de huesos que fue arrumbando en el centro de la mesa. Al comienzo fue el bochorno sonrojado de la dueña de casa disculpándose, cuando paraban la cumbia y las regias gritaban: "Ataja ese pavo niña", pero después el alcohol y la borrachera transformó la vergüenza en un juego. Por todos lados, las locas juntaban huesos y los iban arreglando en la mesa como una gran pirámide, como una fosa común que iluminaron con velas. Nadie supo de dónde una diabla sacó una banderita chilena que puso en el vértice de la siniestra escultura. Entonces la Pilola Alessandri se molestó, e indignada dijo que era una falta de respeto que ofendía a los militares que tanto habían hecho por la patria. Que este país era un asco populachero con esa Unidad Popular que tenía a todos muertos de hambre. Que las locas rascas no sabían de política y no tenían respeto ni siquiera por la bandera. Y que ella no podía estar ni un minuto más allí, así que le pasaran los visones porque se retiraba. ¿Qué visones niña?, le contestó la Chumilou echándose aire con su abanico.



Aquí las locas rascas no conocemos esas cosas. Además, con este calor. ¿En pleno verano? Hay que ser muy tonta para usar pieles linda. Entonces el grupo de pitucas cayó en cuenta que hacía mucho rato no veían las finas pieles. Llamaron a la dueña de casa, que borracha, aún seguía coleccionando huesos para elevar su monumento al hambre. Buscaron por todos los rincones, deshicieron las camas, preguntaron en el vecindario, pero nadie recordaba haber visto visones blancos volando en las fonolas de Recoleta. La Pilola no aguantó más y amenazó con llamar a su tío comandante si no aparecían los abrigos de la mamá.



Pero todas las locas la miraron incrédulas, sabiendo que nunca lo haría por temor a que su honorable familia se enterara de su resfrío. La Astaburuaga, la Zañartu y unas cuantas arribistas solidarias con la pérdida se retiraron indignadas jurando no pisar jamás ese roterío. Y mientras esperaban en la calle algún taxi que las sacara de esos tierrales, la música volvió a retumbar en la casucha de la Palma, volvieron los tiritones de pelvis y el mambo número ocho dio inicio al show travesti. De pronto alguien cortó la música y todas gritaron a coro: "Se te voló el visón niña. Ataja ese visón. "



El primer amanecer del 73 fue una gasa descolorida sobre las bocas abiertas de los colizas durmiendo desmadejados en la casa de la Palma. Por todos lados las cenizas de los cigarros bajo el parrón las guirnaldas pisoteadas. Leves quejidos de ensarte se oían en las revueltas camas. Vasos a medio tomar, mecidos por el vaivén de una cacha en reposo, risitas calladas recordando el vuelo del visón. Y esa luz hueca entrando por las ventanas, esa luz de humo flotando a través de la puerta abierta de par en par. Como si la casa hubiera sido una calavera iluminada desde el exterior. Como si las locas durmieran a raja suelta en ese hotel cinco calaveras. Como si el huesario velado, erigido aún en medió de la mesa, fuera el altar de un devenir futuro, un pronóstico un horóscopo anual que pestañeaba lágrimas la cera de las velas, a punto de apagarse, a punto de la última chispa social en la banderita de papel que coronaba la escena.



Desde ahí, los años se despeñaron como derrumbe de troncos que sepultaron la fiesta nacional. Vino el golpe y la nevazón de balas provocó la estampida de las locas, que nunca más volvieron a danzar por los patios floridos de la UNCTAD. Buscaron otros lugares, se reunieron en los paseos recién inaugurados de la dictadura. Siguieron las fiestas más privadas, más silenciosas, con menos gente educada por la cripta, del toque de queda. Algunas discotecas siguieron funcionando porque el régimen militar nunca reprimió tanto al coliseo corno en Argentina o Brasil. Quizás, la homosexualidad acomodada nunca fue un problema subversivo que alterara su pulcra moral. Quizás, había demasiadas locas de derecha que apoyaban el régimen. Tal vez su hedor a cadáver era amortiguado por el perfume francés de los maricas del barrio alto. Pero aun así, el tufo mortuorio de la dictadura fue un adelanto del sida, que hizo su estreno a comienzos de los ochenta.



De aquella sinopsis emancipada sólo quedó la UNCTAD, el gran elefante de cemento que por muchos albergó a los militares. Luego la democracia fue recuperando las terrazas y patios, donde ya no quedan las esculturas que donaron los artistas de la Unidad Popular. También los enormes auditóriums y salas de conferencias, donde hoy se realizan foros y seminarios sobre homosexualidad, sida, utopías y tolerancias.



De esa fiesta sólo existe una foto, un cartón deslavado donde reaparecen los rostros colizas lejanamente expuestos a la mirada presente. La foto no es buena, pero salta a la vista la militancia sexual del grupo que la compone. Enmarcados en la distancia, sus bocas son risas extinguidas, ecos de gestos congelados por el flash del último brindis. Frases, dichos, muecas y conchazos cuelgan del labio a punto de caer, a punto de soltar la ironía en el veneno de sus besos. La foto no es buena, está movida, pero la bruma del desenfoque aleja para siempre la estabilidad del recuerdo. La foto es borrosa, quizás porque el tul estropeado del sida entela la doble desaparición de casi todas las locas. Esa sombra es una delicada venda de celofán que enlaza la cintura de la Pilola Alessandri, apoyando su cadera marícola en el costado derecho de la mesa. Ella se compró la epidemia en Nueva York, fue la primera que la trajo en exclusiva, la más auténtica, la recién estrenada moda gay para morir. La última moda fúnebre que la adelgazó como ninguna dieta lo había conseguido. La dejó tan flaca y pálida como una modelo del Vogue, tan estirada y chic como un suspiro de orquídea. El sida le estrujó el cuerpo y murió tan apretada, tan fruncida, tan estilizada y bella en la economía aristócrata de su mezquina muerte.



La foto no es buena, no se sabe si es blanco y negro o si el color se fugó a paraísos tropicales. No se sabe si el rubor de las locas o las mustias rosas del mantel plástico, las fue lavando la lluvia y las inundaciones, mientras la foto estuvo colgada de un clavo en la casucha de la Palma. Difícil descifrar su cromatismo, imaginar colores en las camisas goteadas por la escarcha del invierno pobre. Solamente un aura de humedad amarilla el único color que aviva la foto. Solamente esa huella mohosa enciende el papel, lo diluvia en la mancha sepia que le cruza el pecho a la Palma. La atraviesa, clavándola como a un insecto en el mariposario del sida popular. Ella se lo pegó en Brasil, cuando vendió el puesto de pollos que tenía en la Vega, cuando no aguantó más a los milicos y dijo que se iba a maraquear a las arenas de Ipanema. Para eso una es loca y tiene que vivir en carnaval y zambearse la vida. Además con el dólar a 39 pesos, la piñata carioca estaba al alcance de la mano. La oportunidad de ser reina por una noche al costo de una vida. Y que fue, dijo en el aeropuerto imitando a las cuicas "Una se gasta lo que tiene nomás."



Y fue generoso el sida que le tocó a la Palma, callejeado, revolcado con cuanto perdido hambriento le pedía sexo. Casi podría decirse que lo obtuvo en bandeja, compartido y repartido hasta la saciedad por los viaductos ardientes de Copacabana. La Palma sorbió el suero de Kapossi hasta la última gota, como quien se harta de su propio fin sin miramientos. Ardiendo en fiebre, volvía a la arena, repartiendo la serpentina contagiosa a los vagos, mendigos y leprosos que encontraba a la sombra de su Orfeo Negro. Un sida ebrio de samba y partusa la fue hinchando como un globo descolorido, como un condón inflado por los resoplidos de su ano piadoso. Su ano filántropo, retumbando panderetas y timbales en el ardor de la colitis sidosa. Así fuera una fiesta, una escola de samba para morir lentejuelada y dispersa en el tumbar de las favelas, en el perfume africano suelto, mojando che la rúa, la avenida Atlántida, la calle de Río siempre dispuesta a pecar y a cancelar en carne los placeres de su delirio.



La Palma regresó y murió feliz en su desrajada agonía. Se despidió escuchando la música de Ney Matogrosso, susurrando la saudade de la partida. En otra fiesta nos vemos, dijo triste mirando la foto clavada en las tablas de su miseria. Y antes de cerrar los ojos, pudo verse tan joven, casi una doncella sonrojada empinando la copa y un puñado de huesos en aquel verano del 73. Se vio tan bella en el espejo de la foto, arrebozada por el visón blanco de la Pilola, se vio tan regia en la albina aureola de los pelos, que detuvo la mano huesuda de la Muerte para contemplarse. Le dijo a la Pálida espérate un poco, y se agarró un momento más de la vida para saciar su narciso empielado. Luego relajó los párpados y se dejó ir, flotando en la seda de ese recuerdo.



La foto no es buena, la toma es apresurada por el revoltijo de locas que rodean la mesa, casi todas nubladas por la pose rápida y el "loco afán" por saltar al futuro. Pareciera una última cena de apóstoles colizas, donde lo único nítido es la pirámide de huesos en el centro de la mesa. Pareciera un friso bíblico, una acuarela del Jueves Santo atrapada en los vapores de la garrafa de vino que sujeta la Chumilou, como cáliz chileno. Ella se puso al centro, ocupó el lugar de Cristo a falta de luminarias. Empinada en los veinte centímetros de sus zuecos, la Chumilou destaca su glamour travesti. El visón negro de la Pilola, apenas resbalado por la blancura de los hombros, en un abrazo animal que entibia su frágil corazón, su delicado suspiro de virgen nativa. Toda capullo, toda botón de rosa enguantada en el ramaje del visón. Alguna foto del cine la recuerda altiva en la mejilla que ofrece un beso. Sólo un beso, parece decir la Chumilou al lente de la cámara que arrebata gesto. Un solo beso del flash para granizarla de brillos para dejarla encandilada por el relámpago de su propio espejo. Su mentiroso espejo, su falsa imagen de diva proletaria apechugando con el kilo de pan y los tomates para el desayuno de su familia. Jugándoselas todas en la esquina del maraqueo sodomita, peleando a navajazos su territorio prostibular. La Chumilou era brava, decían las otras travestis. La Chumilou era de armas tomar cuando alguna aparecida le quitaba un cliente. Ella era la preferida, la más buscada, el único consuelo de los maridos aburridos que se empotaban con su olor de maricón ardiente. Por eso, el aguijón sidoso la eligió como carnada de su pesca milagrosa. Por trágatelas todas, por comenunca, por incansable cachera de la luna monetaria. Por golosa, no se fijo' que en la cartera ya no le quedaban condones. Y eran tantos billetes, tanta plata, tantos dólares que pagaba ese gringo. Tanto maquillaje, máquinas de afeitar y cera depilatoria. Tantos vestidos y zapatos nuevos para botar los zuecos pasados de moda. Tanto pan, tantos huevos y tallarines que podía llevar a su casa. Eran tantos sueños apretados en el manojo de dólares. Tantas bocas abiertas de los hermanos chicos que la perseguían noche a noche. Tantas muelas cariadas de la madre que no tenla plata para el dentista, Y la esperaba en su insomne madrugada con ese clavo ardiendo. Eran tantas deudas, tantas matrículas de colegio, tanto por pagar, porque ella no era ambiciosa como decían los otros colas. La Chumilou se conformaba con poco, apenas una pilcha de la ropa americana, una blusita, una falda, un trapo ajado que la madre cosía por aquí, entraba por acá, pegándole encajes y brillos, acicalando el uniforme laboral de la Chumi. Diciéndole que tuviera cuidado, que no se metiera con cualquiera, que no olvidara el condón, que ella misma se los compraba en la farmacia de la esquina, y tenía que pasar la vergüenza de pedirlos. Pero esa noche no le quedaba ninguno, y el gringo impaciente, urgido por montarla, ofreciendo el abanico verde de sus dólares. Entonces la Chumi cerró los ojos y estirando la mano agarró el fajo de billetes. No podía ser tanta su mala suerte que por una vez, una sola vez en muchos años que lo hacía en carne viva, se iba a pegar la sombra. Y así la Chumi, sin quererlo, cruzó el pórtico entelado de la plaga, se sumergió lentamente en las viscosas aguas y sacó pasaje dé ida en la siniestra barca. Fue un secuestro inevitable, decía. Además, ya he vivido tanto, han sido tan largos mis veinticinco años, que la muerte me cae y la recibo como vacaciones. Solamente quiero que me entierren vestida de mujer; con mi uniforme de trabajo, con los zuecos plateados y la peluca negra. Con el vestido de raso rojo que me trajo tan buena suerte. Nada de joyas, los diamantes y esmeraldas se los dejo a mi mamá para que se arregle los dientes. El fundo y las casas de la costa para mis hermanos chicos, que merecen un buen futuro. Y para las colas travestis, les dejo la mansión de cincuenta habitaciones que me regaló el Sheik. Para que hagan una casa de reposo para las más viejas. No quiero luto, nada de llantos, ni esas coronas de flores rascas compradas a la rápida en la pérgola. Menos, esas siemprevivas tiesas que nunca se secan, como si uno no terminara nunca de morirse. A lo más una orquídea mustia sobre el pecho, salpicada con gotas de lluvia Y los cirios eléctricos, que sean velas. Muchas velas. Cientos de velas por el piso, por todos lados, bajando la escalera, chispeando en la calle San Camilo, Maipú, Vivaceta y La Sota de Talca. Tantas velas como en el apagón, tantas como los desaparecidos. Muchas llamitas salpicando la basta mojada de la ciudad. Como lentejuelas de fuego para nuestras lluviosas calles. Tantas como perlas de un deshilvanado collar, miles de vela como monedas de una alcancía rota. Tantas velas como estrellas arrancadas del escote. Tantas, como chispas de una corona para iluminar la derrota... Necesito ese cálido resplandor para verme como recién dormida. Apenas rosada por el beso murciélago de la muerte. Casi irreal, en la aureola temblorosa de las velas, casi sublime sumergida bajo el cristal. Que todos digan: Si parece que la Chumi está durmiendo, como la bella durmiente, como una virgen serena e intacta que el milagro de la muerte le borró las cicatrices. Ni rastros de la enfermedad; ni hematomas, ni pústulas, ni ojeras. Quiero un maquillaje niveo, aunque tengan que rehacerme la cara. Como la Ingrid Bergman en Anastasia, como la Betty Davis en Jezabel, casi una chiquilla que se durmió esperando. Y ojalá sea de madrugada, como al regresar a casa de palacio, después de bailar toda la noche. Nada de misas, ni curas, ni prédicas latosas. Ni pobrecito el cola, perdónelo señor para entrar en el santo reino. Nada de llantos, ni desmayos, ni despedidas trágicas. Que me voy bien pagá, bien cumplida como toda cupletera. Que ni falta me hacen los responsos ni los besos que me negó el amor... Ni el amor. Mírenme que ahí voy cruzando la espuma. Mírenme por última vez, envidiosas, que ya no vuelvo. Por suerte no regreso. Siento la seda empapada de la muerte amordazando mis ojos, y di o que fui feliz este último minuto. De aquí no me llevo nada, porque nunca tuve nada. Y hasta eso lo perdí.



La Chumilou murió el mismo día que llegó la democracia, el pobre cortejo se cruzó con las marchas que festejaban el triunfo del NO en la Alameda. Fue difícil atravesar esa multitud de jóvenes pintados, flameando las banderas del arco iris, gritando, cantando eufóricos, abrazando a las locas que acompañaban el funeral de la Chumí. Y por un momento se confundió duelo con alegría, tristeza y carnaval. Como si la muerte hiciera su camino y se bajara de la carroza a bailar un último de cueca. Como si aún se escuchara la voz moribunda en la Chumi, cuando supo el triunfo de la elección. Denle mis saludos a la democracia, dijo. Y parecía que la democracia en persona le devolvía el saludo, en los cientos de jóvenes descamisados que se encaramaron a la carroza, brincando sobre el techo, colgándose de las ventanas, sacando pintura spray y rayando todo el vehículo con grafitis que decían: Adiós Tirano. Hasta nunca Pinocho. Muerte al Chacal. Así, ante los horrorizados ojos de la mamá de la Chumí, la carroza quedó convertida en un carro alegórico, en una murga revoltosa que acompañó el sepelio por varias cuadras. Después retomó su marcha enlutada, su trote paquidermo por las desiertas calles hacia el cementerio. Entre las coronas de flores, alguien ensartó una bandera con el arco iris vencedor. Una bandera blanca cruzada de colores que acompañó a la Chumi hasta su jardín de invierno.



Tal vez, la foto de la fiesta donde la Palma es quizás el único vestigio de aquella época de utopías sociales, donde las locas entrevieron aleteos de su futura emancipación. Entretejidas en las muchedumbres, participaron de aquella euforia. Tanto a la derecha como a la izquierda de Allende, tocaron cacerolas y protagonizaron, desde su anonimato público, tímidos destellos, balbuceantes discursos que irían conformando su historia minoritaria en pos de la legalización.



Del grupo que aparece en la foto, casi no quedan sobrevivientes. El amarillo pálido del papel es un sol desteñido como desahucio de las pieles que enfiestan el daguerrotipo. La suciedad de las moscas fue punteando de lunares las mejillas, como adelanto maquillado del sarcoma. Todas las caras aparecen moteadas de esa llovizna purulenta. Todas las risas que pajarean en el balcón de la foto son pañuelos que se despiden en una proa invisible. Antes que el barco del milenio atraque en el dos mil, antes, incluso, de la legalidad del homosexualismo chileno, antes de la militancia gay que en los noventa reunió a los homosexuales, antes que esa moda masculina se impusiera como uniforme del ejército de salvación, antes que el neoliberalismo en democracia diera permiso para aparearse. Mucho antes de estas regalías, la foto de las locas en ese Año Nuevo se registra como algo que brilla en un mundo sumergido. Todavía es subversivo el cristal obsceno de sus carcajadas, desordenando el supuesto de los géneros. Aún, en la imagen ajada, se puede medir la gran distancia, los años de la dictadura que educaron virilmente los gestos. Se puede constatar la metamorfosis de las homosexualidades en el fin de siglo; la desfunción de la loca sarcomida por el sida, pero principalmente diezmada por el modelo importado del estatus gay, tan de moda, tan penetrativo en su tranza con el poder de la nova masculinidad homosexual. La foto despide el siglo con el plumaje raído de las locas aún torcidas, aún folclóricas en sus ademanes ilegales. Pareciera un friso arcaico donde la intromisión del patrón gay todavía no había puesto su marca. Donde el territorio nativo aún no recibía el contagio de la plaga, como recolonización a través de los fluidos corporales. La foto de aquel entonces muestra un carrusel risueño, una danza de risas gorrionas tan jóvenes, tan púberes en su dislocada forma de rearmar el mundo. Por cierto, otro corpus tribal diferenciaba sus ritos. Otros delirios enriquecían barrocamente el discurso de las homosexualidades latinoamericanas. Todavía la maricada chilena tejía futuro, soñaba despierta con su emancipación junto a otras causas sociales. El "hombre homosexual" o "mister gay", era una construcción de potencia narcisa que no cabía en el espejo desnutrido de locas. Esos cuerpos, esos músculos, esos bíceps que llegaban a veces por revistas extranjeras, eran un Olimpo del Primer Mundo, una clase educativa de gimnasia, un fisicoculturismo extasiado por su propio reflejo. Una nueva conquista de la imagen rubia que fue prendiendo en el arribismo malinche de las locas más viajadas, las regias que copiaron el modelito en New York y lo transportaron a este fin de mundo. Y junto al molde de Superman, precisamente en la aséptica envoltura de esa piel blanca, tan higiénica, tan perfumada por el embrujo capitalista. Tan diferente al cuero opaco de la geografía local. En ese Apolo, en su imberbe mármol, venía cobijado el síndrome de inmunodeficiencia, como si fuera un viajante, un turista que llegó a Chile de paso, y el vino dulce de nuestra sangre lo hizo quedarse.



Seguramente, el final común que compartieron la Palma, la Pilola Alessandri y la Chumilou habla del sida como de un repartidor público ausente de prejuicios sociales. Una fatídica generosidad ostenta la mano sidada en su clandestina repartija. Parece, decir: Hay para todos, no se agolpen. Que no se va a agotar, no se preocupen. Hay pasión y calvario para rato, hasta que encuentren el antídoto.



Quizás, las pequeñas historias y las grandes epopeyas nunca son paralelas, los destinos minoritarios siguen escaldados por las políticas de un mercado siempre al acecho de cualquier escape. Y en este mapa ultracontrolado del modernismo las fisuras se detectan y se parchan con el mismo cemento, con la misma mezcla de cadáveres y sueños que yacen bajo los andamios de la pirámide neoliberal. Quizás la última chispa en los ojos de la Palma, la Pilola Alessandri y la Chumilou fue un deseo. Más bien tres deseos que se quedaron esperando el visón perdido en esa fiesta.

Porque nunca se supo dónde fueron a parar las regias pieles de la Pilola. Se esfumaron en el aire de aquella noche de verano, como un sueno robado que siguió construyendo la anécdota más allá de la nostalgia. Especialmente en el invierno cero positivo de las locas, cuando el algodón nevado de la epidemia escarchó sus pies.

sábado, 25 de enero de 2014

¿Qué hora es en Las Heras?



Reproducimos un muy buen artículo de Lucho Aguilar, aparecido en La verdad obrera bajo el título "Tradiciones obreras: de Sacco y Vanzetti a los petroleros"


9 de abril de 1927, Boston, Estados Unidos. Bartolomé Vanzetti aprisiona con sus manos de vendedor de pescado el sombrero que lleva para la ocasión. Hoy es un día importante: el juez va a dictar su sentencia. Tras un juicio absurdo, plagado de torturas y falsos testigos, tras siete años de cárcel, es condenado a la silla eléctrica por un crimen que no cometió. Entonces las palabras Vanzetti enmudecen la sala. “Si no hubiera sido por esto, podría haber vivido mi vida hasta el final, hablando en las esquinas a los hombres desdeñosos. Habría muerto, desconocido, inadvertido, fracasado. Ahora no hemos fracasado. Esta es nuestra carrera y nuestro triunfo.¡Nuestras palabras, nuestras vidas, nuestros dolores, no son nada! El último momento nos pertenece, la agonía es nuestro triunfo”.
¿De qué gesta habla ese obrero anarquista, cuando la sombra del verdugo lo acecha?
Habla de los piquetes que se reunirán frente a la casa de gobierno antes de su ejecución. De las mujeres que llegarán desde los barrios pobres del Estado, con sus hijos en brazos, y se unirán a los obreros que salen de sus fábricas.
Norteamericanos pero también irlandeses, suecos, chinos. No habrá idiomas que los separe.
Habla del grito desesperado del presidente Coolidge. “¿Cómo que huelgas y ventanas rotas de embajadas de toda América Latina? ¿Qué tienen que ver ellos?”.
Habla de los duros rostros de los mineros ingleses, tras marchar toda la noche exigiendo libertad. De los obreros que se paraban frente a los diarios murales en las fábricas de Moscú, y discutían, y cantaban el himno de los trabajadores.
De aquel que se subió a la máquina más grande de la planta textil en Bombay para gritar. “¡Ahora vamos a parar nuestro trabajo, esta última hora, para honrar a dos camaradas que van morir!”. De los ferroviarios australianos que pararon, aunque 1000 de ellos serían luego despedidos. Del llanto de los trabajadores franceses, de los volantes clandestinos de los luchadores polacos, de las bombas desesperadas de los anarquistas argentinos. Porque en nuestro país hubo decenas de acciones y como en otros países se formaron comités pro Sacco y Vanzetti. En Rosario y Bahía Blanca la huelga fue general. Ferroviarios y estibadores no cargaron productos norteamericanos.
“¿Qué hora es en Boston?” se preguntaban la última noche cientos de miles de obreros en los cinco continentes. La suerte de esos dos luchadores, que sabían injustamente condenados por el mismo sistema que los oprimía, ya había ganado la conciencia de todos ellos. Esa era la gesta que reivindicaba Vanzetti ante el juez, aunque finalmente no podría salvar sus vidas.
Y no las salvó porque se trataba de un castigo ejemplar. Lo resumía, con tremenda claridad, un delegado sindical en los piquetes en Nueva York. “Estos hombres mueren por nosotros. Los patrones tienen miedo, no de ustedes ni de mí. Tienen miedo de lo que ven moverse y agitarse en todo el mundo. Tienen miedo de lo que ha pasado en Rusia; de Rusia llega un rumor rojo, y a ellos eso no les gusta nada. Por eso, esta vez son ellos quienes nos hacen una advertencia a nosotros. ¡Pueden aullar todo lo que quieran, pero esta noche Sacco y Vanzetti van a morir, y la clase obrera norteamericana habrá recibido una lección! Clara, brutal. Así es como lo veo yo”.
El 23 de agosto de 1927 Sacco y Vanzetti fueron ejecutados. Los dirigentes de la Federación Norteamericana del Trabajo no estuvieron a la altura de la solidaridad que surgía en todo el mundo. Tampoco el Partido Comunista, ya en manos del stalinismo. Pero nadie podría borrar de la historia obrera la enorme campaña de solidaridad internacional que recorrió el planeta. Ni las palabras de los condenados.(*)
20 de diciembre de 2013, Buenos Aires, Argentina. Ramón Cortez se acomoda su gorra de petrolero, mientras mira a la multitud en la Plaza de Mayo. “Estoy muy emocionado de estar con ustedes acá. Por salir a pelear contra el impuesto a las ganancias hemos sufrido torturas. Estaremos condenados a cadena perpetua, pero no estamos de rodillas ante ningún juez ni ningún gobierno. Asesinos son ellos, represores son ellos. La única forma que esa condena no se haga efectiva es haciendo huelgas, paros, manifestaciones. Porque si tenemos miedo nos van a pisotear, y a los trabajadores y los luchadores ningún juez ni milico nos va a pisotear. Hoy me siento más fuerte que nunca. Espero que sigan luchando con nosotros, por nosotros, y por toda la clase trabajadora.”
Las palabras de Cortez retumban en la casa de gobierno, en los rostros de militantes obreros y estudiantiles que lo escuchan. Tras un juicio absurdo, plagado de torturas y falsos testigos, tras años de cárcel, es condenado a prisión perpetua por un crimen que no cometió.
¿De qué fuerza habla ese obrero petrolero, cuando la sombra del carcelero lo acecha?
Habla de los miles que han formado parte, de una u otra manera, de la campaña por su absolución. De los trabajadores petroleros, de la alimentación, ceramistas, de la salud y gráficos, entre tantos otros, que a pesar del cerco mediático y la miserable actitud de la burocracia sindical, han hecho a puro pulmón una campaña todavía en pie.
Habla de los obreros de Donnelley y su enorme ejemplo. Del corte que organizaron junto a otras comisiones internas (Kraft, Paty, Garrahan, SUTEBA, Ademys) y organizaciones de izquierda. De su militancia en el cordón industrial de la zona norte y el paro de una hora por turno. Del viaje de una delegación al juicio en Caleta Olivia. De las colectas y de aquella histórica asamblea, cuando los gráficos recibieron a la delegación petrolera con las máquinas paradas, para discutir juntos cómo seguir la campaña. Una tremenda escuela de formación política, de la que el PTS y la Agrupación Gráfica Clasista tienen el orgullo de ser parte.
Queda mucho por hacer, es cierto. La justicia que condena tiene el respaldo de las petroleras y el poder político. Como siempre. Como decía Vanzetti, como dice Cortez. Porque cuando las rebeliones pasadas pueden ser el camino contra los ajustes futuros, cuando la burocracia está desprestigiada y la izquierda clasista empieza a ganar comisiones internas y se propone pelear los sindicatos, los “castigos ejemplares” son (otra vez) el arma de los capitalistas.
Entonces las palabras de Vanzetti y de Cortez tienen que retumbar en nuestros oídos, correr por nuestra sangre. Para que los petroleros no vayan presos; para recuperar las mejores tradiciones de la clase obrera y los revolucionarios; para militar contra el sistema social que nos condena.
¿Qué hora es en Las Heras?
(*) Las citas pertenecen al libro de Howard Fast, “La pasión según Sacco y Vanzetti”.