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miércoles, 20 de agosto de 2014

Sobre Chicas muertas*

"la Señora"

de Selva Almada, en 
Literatura Random House, 2014

El título anticipa la dimensión del flagelo que Selva Almada va a reconstruir en sus tramas íntimas. El genérico “chicas muertas” no es sólo la denominación en los expedientes consultados por la autora; da cuenta de que, sólo en Argentina, el asesinato de mujeres por el simple hecho de serlo, se materializa en cifras escalofriantes: una muerta cada 30 hs. en el último año; 1236, en los últimos 5. Serena, Nora, María Soledad, Wanda, María de los Ángeles, Paulina, María Luisa, Andrea, Sara… o Selva. “Tengo cuarenta años y a diferencia de ella y de las miles de mujeres asesinadas en nuestro país desde entonces, sigo viva. Sólo una cuestión de suerte”.
Esta obra no ficcional de la ya consagrada autora entrerriana, se basa en el relato de una investigación hecha por ella misma, sobre tres casos de jóvenes asesinadas en los años ’80, aún impunes. Andrea Danne, “Sarita” Mundín y María Luisa Quevedo son las “chicas muertas” cuya historia presenta Almada. La primera, entrerriana como ella, asesinada de una puñalada en el corazón mientras dormía. Una joven cordobesa y pobre, Sara, atrapada en las mafias de los prostíbulos que desapareció en 1988. Y la tercera, una chaqueña de 15 años, violada y estrangulada, a poco de conseguir su primer trabajo como empleada doméstica.
Al mismo tiempo, la autora va a colocarse, como mujer, en el centro de la trama y ocupando un lugar que lejos está de pretenderse neutral u objetivo.  Así, el relato se configura desde la propia experiencia que -como la frase citada- da cuenta de una marca: ella, una joven de un pueblo de interior, es testigo epocal del asesinato de Andrea Danne y si hoy puede contarlo, es casi por simple azar. Este ida y vuelta entre la historia personal y la de las muchachas, articula el texto, a la par de la propia historia de esta investigación infructuosa. De allí sabemos que la autora “habla” porque el caso de Andrea estuvo siempre cerca y “volvía cada tanto con la noticia de otra mujer muerta”. Dar con el derrotero de las otras dos chicas, en cambio, será casual o deliberado. A María Luisa, la encontrará recordada en un diario chaqueño a 25 años de su asesinato; a Sara Mundín, la buscará como otro botón de muestra de una situación generalizada, cuando aún en la Argentina, “desconocíamos el término femicidio”.
La tensión siempre latente entre lo real y lo literario, característico del género al que diera origen Rodolfo Walsh, sustenta este trabajo que se perfila como uno de los mayores aportes al género de no-ficción en los últimos tiempos. De este modo, Almada cuenta la historia de estas mujeres, (que podría ser la historia de todas, de muchas de nosotras) intercalada con anécdotas recogidas durante su infancia, juventud e inclusive, en el presente de la escritura, cuando la investigación estaba desarrollándose. Mientras cuenta cómo era la vida de estas jóvenes y cómo fue su muerte, se despliega su propia historia. El texto está inundado de relatos, recuerdos y anécdotas narrados en primera persona, que bien podrían constituir un repertorio de experiencias “femeninas”: la de jóvenes hijas de trabajadores que van a estudiar a otra ciudad y hacen “dedo” para viajar barato, quedando expuestas al acoso de los conductores; la de mujeres sometidas al maltrato verbal de sus parejas en la calle y a la vista de todo el mundo; la de una madre amenazada por el marido con el amague de un cachetazo y la respuesta brava de la mujer, clavándole un tenedor en la mano. “Mi padre nunca más se hizo el guapo”, sentencia Almada, para luego agregar: “No recuerdo ninguna charla puntual sobre la violencia de género ni que mi madre me haya advertido alguna vez específicamente sobre el tema. Pero el tema siempre estaba presente.” Lo estaba en los comentarios familiares sobre vecinas que se suicidan porque el marido le pega; sobre esposas de carniceros violadas no por un desconocido, sino por propio marido (ante una sorprendida Selva de 12 años); o sobre un “Cachito” que “sacudía las siestas con los escándalos que le hacía a su novia”. Son éstas las escenas que “convivían con otras más pequeñas: la mamá de mi amiga, que no se maquillaba porque su papá no la dejaba. La compañera de trabajo de mi madre, que todos los meses le entregaba su sueldo completo al esposo para que se lo administrara (…) La que tenía prohibido usar zapatos de taco porque eso era de puta.”
Se devela entonces, lo que intuimos como tesis central de un trabajo que se solapa con el ensayo: el femicidio es el último eslabón de una cadena de violencia cotidiana, ejercida sobre las mujeres. Ésta se asienta sobre los prejuicios que laten en las anécdotas contadas.  Imágenes que se vuelven potentes a la hora de plasmar la denuncia sobre una sociedad patriarcal que se perpetúa bajo este sistema y hasta nuestros días. La mención de los casos de Paulina Lebbos, Nora Dalmaso, Ángeles Rawson, por citar los más resonantes de los últimos tiempos están allí, en el recuento de Almada, para dar cuenta de la realidad de las mujeres en pleno siglo XXI, tres décadas después de los hechos investigados, y a pesar de que el término femicidio tenga plena vigencia.
El testimonio y la investigación no alcanzan a la autora para “hacer justicia” frente a la impunidad que sobrevive a las “chicas muertas”. Sin embargo, se niega a callarse frente a la violencia machista y su naturalización. El bello y terrible fragmento del poema de Susana Thénon que abre la obra, daría cuenta de esa necesidad:
“esa mujer ¿por qué grita?
andá a saber
mirá que flores bonitas
¿por qué grita?
jacintos     margaritas
¿por qué?
¿por qué qué?
¿por qué grita esa mujer?”

Pero no es allí donde enmudece Almada. También esboza una crítica a las instituciones sociales cómplices de sostener tanta violencia e impunidad. Sarita Mundín, una adolescente iniciada en la prostitución, será “rescatada” por Olivera, cliente devenido amante y protector, principal sospechoso de su desaparición. Así, mientras narra, dispara: “De yirar en la ruta, pasó a tener una cartera de clientes del Comité Radical. Ella y su amiga Miriam García eran militantes del partido, dos muchachas jóvenes y lindas que enseguida llamaron la atención de los señores mayores, de buena posición social y doble discurso”. La crítica estará dirigida también, hacia una justicia que actúa con letargo como en el caso de María Luisa; mientras asoma, en algunas oportunidades, lo que pareciera ser una visión de clase: Suárez, el joven con quien ven a María Luisa por última vez, y su patrón, son sospechados del asesinato a pesar de que los testigos, curiosamente, cambien sus declaraciones contra el influyente patrón de pueblo.
Mención aparte merece el personaje de una tarotista que guía a Selva Almada en este descenso a los infiernos, viendo lo que ella no puede ver sobre estas chicas muertas. En ese trayecto que Almada desanda buscando las pistas sobre las muertes, será guiada como Dante por Virgilio, por “la Señora”. Ella será sus ojos y sentirá lo que sintieron esas chicas antes de ser asesinadas. Es “la Señora” quien nos acerca a los miedos de esas niñas, a los miedos de la narradora, a los miedos propios. Y son estos miedos, recuerdo permanente de un oprobio milenario, los que alimentarán el odio, que transformado en fuerza y voluntad de combate servirá para que estas historias de “chicas muertas”, no hayan sido contadas en vano.



* Esta reseña fue publicada en el nº 11 del mes de julio, en la revista Ideas de Izquierda

domingo, 10 de agosto de 2014

"La gota que horada la vida de las mujeres"


Mientras hacíamos la entrevista con Celeste Murillo, gentileza de F. Lendoiro

En este número de Ideas de Izquierda, entrevistamos a Selva Almada, autora de Chicas muertas, un excelente relato de no ficción que ya reseñamos en otro número, reflexionando sobre el femicidio y la literatura, así como sobre la "Nueva Narrativa Argentina". A buscarla esta semana que ya está en la calle.

lunes, 14 de julio de 2014

En IdZ nº 11, que ya está en las calles, sobre "Chicas muertas"




de Selva Almada 
(Literatura Random House, Bs. As.,2014)




"El título anticipa la dimensión del flagelo que Selva Almada va a reconstruir en sus tramas íntimas. El genérico “chicas muertas” no es sólo la denominación en los expedientes consultados por la autora; da cuenta de que, sólo en Argentina, el asesinato de mujeres por el simple hecho de serlo, se materializa en cifras escalofriantes: una muerta cada 30 hs. en el último año; 1236, en los últimos 5. Serena, Nora, María Soledad, Wanda, María de los Ángeles, Paulina, María Luisa, Andrea, Sara… o Selva. “Tengo cuarenta años y a diferencia de ella y de las miles de mujeres asesinadas en nuestro país desde entonces, sigo viva. Sólo una cuestión de suerte”. 

   Esta obra no ficcional de la ya consagrada autora entrerriana, se basa en el relato de una investigación hecha por ella misma, sobre tres casos de jóvenes asesinadas en los años ’80, aún impunes. Andrea Danne, “Sarita” Mundín y María Luisa Quevedo son las “chicas muertas” cuya historia presenta Almada..." 

 Para leer la nota completa, buscá Ideas de Izquierda nº 11

sábado, 5 de abril de 2014

Sobre "Viajes Virales" de Lina Meruane

La siguiente reseña fue publicada en el nº 7 de la Revista de Política y Cultura, Ideas de Izquierda.



La literatura es una poderosa máquina que procesa o fabrica percepciones, un perceptrón*. Tal podría ser la concepción sobre la que se recuesta el trabajo ensayístico Viajes Virales (FCE, 2012) de la escritora chilena Lina Meruane. Al decir de Daniel Link, uno de los autores del corpus, la literatura es esa maquinaria que nos permitiría analizar el modo en que una sociedad en determinado momento, se imagina a sí misma. En este caso, Meruane se dedicará a rastrear representaciones literarias del VIH en un mundo “globalizado”, tanto en ese atravesar fronteras de los países latinoamericanos rumbo a EEUU; como en el transcurrir de tres las décadas desde que el virus hizo su aparición en los ’80, hasta la era de internet, los e-mails y las redes sociales. El ensayo reúne un vasto cuerpo de textos donde el sida aparece en la escritura de los autores latinoamericanos. Algunos de los cuentos, novelas o crónicas son obras como El color del verano del cubano Reinaldo Arenas, de los chilenos José Donoso o Pedro Lemebel, así como las novelas argentinas Un año sin amor y La ansiedad, de los respectivos Pablo Pérez y Daniel Link.
El articulador principal es el viaje, sea para “escapar” de esas naciones latinoamericanas de rígida moral (sumidas además, bajo la represión de las dictaduras) que rechazan una sexualidad libertaria y expulsan a un afuera “promisorio” que les permite constituir una identidad cosmopolita por fuera de la nación represorapero que implica a su vez, el peligro del contagio. En otros casos, el viaje será de regreso a lo que la autora denomina "naciones-moridero", en la búsqueda de que ese mismo cuerpo social que los desamparó se haga cargo de acogerlos en la etapa terminal del síndrome. Encontramos, así entre los “viajeros seropositivos” que rastrea Meruane a esas “locas tercermundistas” de Lemebel que viajan a Nueva York a “comprarse en exclusiva” la “recién estrenada moda gay para morir”; a la construcción autobiográfica de la argentina Marta Dillon que exige desde su “cartas abiertas” recogidas en Convivir con virus, frente un estado neoliberal que desprotege a los enfermos ante los costosos tratamientos o que lanza campañas moralistas frente a un virus que no permanecía asociado al “estigma” de la libertad sexual y el placer.

Por otra parte, es interesante el trazado que hace la chilena del corpus seropositivo latinoamericano, como “perceptrón” que configura un relato de resistencia antiimperialista, sobre todo en aquellas obras escritas en los años 80. Y esto no será menor en una década en la cual el capitalismo mundial avanza a través de su “negra noche neoliberal” sobre las condiciones de vida de las masas, a la vez que paradójicamente concede algunos derechos y “liberaliza” la sexualidad (de la mano con “mercantilizarla”), tras haber derrotado a sangre y fuego los procesos revolucionarios en la década anterior. La lectura que realizan los escritores del SIDA como una “peste rosa” pergeñada por el imperialismo norteamericano para exterminar a los disidentes (políticos y sexuales), devendrá una especie de contrarrelato al discurso hegemónico que esbozaba una enfermedad cuyo origen había que buscarlo en el "paciente cero", siempre proveniente de o en contacto con lugares de países "exóticos" (las semicolonias en África, Asia o Latinoamérica).
Las representaciones de los "seropositivos" en el pasaje de entender al sida como enfermedad terminal -cuando las primeras drogas apenas permitían prolongar un tiempo la vida- a una enfermedad crónica, son otro lugar de indagación, donde no escapa la dimensión disciplinadora del "cuerpo enfermo" por parte de la medicina y su cóctel de hasta 20 pastillas diarias.
Pero sobre todo, lo que constantemente atraviesa estos "viajes virales" es la posibilidad explorada o limitada del placer sexual. La “plaga" está asociada, en la literatura y en la vida, a la posibilidad de explorar el placer por fuera de las normas que obligan a una vida monogámica y hétero, donde la sexualidad debe ser regida por la reproducción y su control. El recorrido por la literatura seropositiva, es un recorrido, a su vez, por los diversos modos de explorar el deseo. 
Y a propósito de esto último, es interesante pensar que si en el caso de la homo y transexualidad, el estigma de "los portadores" tuvo un objetivo disciplinante pero contradictoriamente, permitió el despliegue de una comunidad de resistencia que sería, según Meruane, la que exigirá la protección del Estado frente a la enfermedad. En el caso de las mujeres seropositivas, lejos de una reivindicación de una sexualidad ligada al placer, la representación literaria de éstas dio cuenta del discurso patriarcal triunfante luego de que la construcción simbólica de la crisis global del sida, estuviese ligada a los “excesos” y el descontrol sexual. La autora ensaya intenta explicar las tensiones entre los oprimidos: homosexuales, travestis, transexuales, los principales afectados en la primera década de la crisis y esas otras silenciosas y silenciadas, las mujeres. Paradójicamente, tal como documenta la autora, las mujeres, estuvieron entre las principales afectadas por el virus (son actualmente el 60% nivel mundial), no sólo desprotegidas por un relato que se construyó alrededor de una enfermedad “homosexual”, sino porque además, como explica Meruane en una entrevista**, "en un inicio fueron escasas las mujeres contagidas y muchas de ellas eran prostitutas, o se les acusó de  prostitución, el estigma era enorme”. Así, las mujeres seropositivas van a padecer “el síndrome de la desaparición femenina” de los textos, y cuando salgan a escena, serán representadas como las esposas-víctimas del hombre que las contagia (tras “incursiones” homosexuales o poligámicas), constituyéndose en adalides de una "pedagogía del sida": "heroínas que sufren pero sacrifican su inquina por el bien de la familia, madres que subliman la necesidad del activismo en la exacerbación de una disposición doméstica...". Finalmente, en uno de los últimos capítulos de su trabajo, Meruane indagará sobre por qué no sólo aparecen con enorme carga negativa (no solo ya como la prostituta, "el doble del homosexual" en tanto sexualmente “hiper”activo) sino que sufrirán una "virtual erradicación”inclusive en ese “portador del signo femenino", el cuerpo travesti frente a la “cultura gay” global. La respuesta ensayada indica que cuando los enfermos retornen, lo harán en “competencia por la representación y el reconocimiento en el momento más crítico” frente a la búsqueda de la asistencia estatal. Se produce un “regreso a modelos sexistas que niegan todo signo femenino y celebran una masculinidad identificada con la salud del cuerpo biológico y político.”
El recorrido por el imaginario del sida concluye con el análisis del impacto de la era de la comunicación junto al “regreso” del deseo sexual y la búsqueda de su consumación. Es lúcida la observación de Meruane que descubre en las nuevas tecnologías (que se vuelven forma narrativa), una mediación que intenta acercar a los amantes, aún bajo el signo del temor al contagio y ese gran triunfo neoliberal sobre la subjetividad: el individualismo y la superficialidad.
La investigación de Lina Meruane, tiene la ventaja no sólo de reunir un vasto “corpus seropositivo” que se encontraba disperso y es arduo conseguir, sino porque aún sin que compartamos algunas de sus conclusiones, abre preguntas sobre la relación entre capitalismo, sexualidad y opresión, moldeadas por una enfermedad bajo cuyo intento de control subyace la voluntad disciplinaria de la mirada conservadora, garante el orden capitalista y patriarcal. 


*Link, Daniel, “El juego silencioso de los cautos” en El juego de los cautos. Literatura policial: de E.A Poe a P.D. James, Ed. La Marca, Bs As, 2003

viernes, 21 de febrero de 2014

Crónicas de Sidario


La plaga nos llegó como una nueva forma 
de colonización por el contagio. 

Reemplazó nuestras plumas por jeringas, y el sol 
por la gota congelada de la luna en el sidario. 


Así se presenta Loco Afán. Así sigue, tan bello, tan trágico. Lo dejo para quien quiera sorber las lágrimas del odio que se arrincona en estas crónicas, las que permiten juntar la bronca que hace salir del cómodo sillón y organizarse para poner a la orden del día, "el derecho a la resurrección de los vencidos". 




"Demasiado herida"
 LA NOCHE DE LOS VISONES (o la última fiesta de la Unidad Popular)


Santiago se bamboleaba con los temblores de tierra y los vaivenes políticos que fracturaban la estabilidad de la joven Unidad Popular. Por los aires un vaho negruzco traía olores de pólvora y sonajeras de ollas, "que golpeaban las señoras ricas a dúo con sus pulseras y alhajas". Esas damas rubias que, pedían a gritos un golpe de Estado, un cambio militar que detuviera el escándalo bolchevique. Los obreros las miraban y se agarraban el bulto ofreciéndoles sexo, riéndose a carcajadas, a toda hilera de dientes frescos, a todo viento libre que respiraban felices cuando hacían cola frente a la UNCTAD para almorzar. Algunas locas se paseaban entre ellos, simulando perder el vale de canje, buscándolo en sus bolsos artesanales, sacando pañuelitos y cosméticos hasta encontrarlo con grititos de triunfo, con miradas lascivas y toqueteos apresurados que deslizaban por los cuerpos sudorosos. Esos músculos proletarios en fila, esperando la bandeja del comedor popular ese lejano diciembre de 1972. Todas eran felices hablando de Música Libre, el lolo Mauricio y su boca aceituna, de su corte de pelo a lo Romeo. De sus jeans pata de elefante tan apretados, tan ceñidos a las caderas, tan apegados a su ramillete de ilusiones. Todas lo amaban y todas eran sus amantes secretas. "Yo lo vi. A mí me dijo. El otro día me lo encuentro". Se apresuraban a inventar historias con el príncipe mancebo de la televisión, asegurando que era de los nuestros, que también se le quemaba el arroz, y una prometió llevarlo a la fiesta de Año Nuevo. A esa gran comilona que había prometido la Palma, esa loca rota que tiene puesto de pollos en la Vega, que quiere pasar por regia e invitó a, todo Santiago a su fiesta de fin de año. Y dijo que iba a matar veinte pavos para que las locas se hartaran y no salieran pelando. Porque ella estaba contenta con Allende y la Unidad Popular, decía que hasta los pobres iban a comer pavo ese Año Nuevo. Y por eso corrió la bola que su fiesta sería inolvidable.



Todo el mundo estaba invitado, las locas pobres, las de Recoleta, las de medio pelo, las del Blue Ballet, las de la Carlina, las callejeras que patinaban la noche en la calle Huérfanos, la Chumilou y su pandilla travesti, las regias del Coppelia y la Pilola Alessandri. Todas se juntaban en los patios de la UNCTAD para imaginar los modelitos que iban a lucir esa noche. Que la camisa de vuelos, que el cinturón Saint-Tropez, que los pantalones rayados, no, mejor los anchos y plisados como maxifalda, con zuecos y encima tapados de visón, suspiró la Chumilou. "De conejo querrás decir linda, porque no creo que tengas un visón." "Y tú regia. ¿De qué color es el tuyo?" "Yo no tengo", dijo la Pilola Alessandri, "pero mi mamá tiene dos." "Tendría que verlos." "Cuál quieres. ¿El blanco o el negro?" "Los dos", dijo desafiante la Chumilou. "El blanco para despedir el 72, que ha sido una fiesta para nosotros los maricones pobres. Y el negro para recibir el 73, que con tanto güeveo de cacerolas se me ocurre que viene pesado." Y la Pilola Alessandri, que había ofrecido los abrigos, no pudo echarse para atrás, y esa noche de fin de año llegó en taxi a la UNCTAD, y después de los abrazos, sacó las pieles sustraídas a la mamá, diciendo que eran auténticas, que el papá los había comprado en la Casa Dior de París, y que si algo les pasaba la mataban. Pero las locas no la escucharon, envolviéndose en los pelos posando y modelando mientras caminaban a tomar la micro para Recoleta, comentando que ninguna había probado bocado, menos la Pilola que en el apuro por sacar los abrigos se había perdido la cena familiar con langosta y caviar, por eso estaba muerta de hambre, con el estómago hecho un nudo, desesperada por llegar donde la Palma a probar los pavos de la rota.



Al cruzar el grupo frente a una comisaría, las regias se adelantaron para no tener problemas, pero igual los pacos algo gritaron. Entonces la Chumilou se detuvo, y haciendo resbalar el visón por su hombro, sacó un abanico y les dijo que estaba preparada para la noche. Después en la micro no dejó de arrastrar el tapado por el pasillo haciéndose la azafata. Cantando un cuplé, transformando el viaje en un show de risas y tallas que respondían las otras acaloradas por el verano nocturno. Cuando llegaron, no quedaban rastros de pavo; una ponchera de vino con frutas y trozos mordidos de canapés regaban la mesa. La Palma pidiendo disculpas, corriendo de un lado a otro porque habían llegado las regias, las famosas, las pitucas culturales, las chupas de muelas bajando del avión. Esas rucias estiradas que en la calle Huérfanos le hacían desprecios, las mismas locas jai que odiaban a Allende y su porotada popular. Ellas, que derramaban chorros de perlas, lagrimeras porque a la mamá los rotos le habían expropiado el fundo. La Astaburuaga, la Zañartu y la Pilola Alessandri, tan peladoras, tan conchudas, tan elegantes con sus abrigos de visón Porque llegaron hasta Recoleta con abrigos de visón como la Taylor, como la Dietrich, en micro. No te digo. El barrio se despobló para verlas, a ellas, tan sofisticadas como estrellas de cine, como modelos de la revista Paula. Y las viejas pobladoras no lo podían creer, se quedaron sin habla cuando las vieron entrar a la casa de la Palma. A esa fiesta coliza que ella había preparado por meses. Y al verlas llegar, todas empieladas con ese calor, mirando con asco la casa, diciendo de reojo: Regio tu plaqué niña por los candelabros de yeso que decoraban la mesa, la pobre mesa con mantel plástico donde nadaban algunos huesos de pollo y restos de comida, la Palma no hallaba dónde meterse, dando explicaciones, reiterando que había tanta comida; veinte pavos, champaña por cajas, ensaladas y helados de todos los sabores. Pero estas locas rotas son tan hambrientas, no dejaron nada, se lo comieron todo. Como si viniera una guerra



Toda la noche salpicaron las cumbias maricuecas ese primer amanecer del año 73. Al correr la farra con nuevas botellas de pisco y de vino que mandaron a comprar las reglas, los matices sociales se confundieron en brindis, abrazos y calenturas desplegadas por el patio engalanado con globos y serpentinas. Alianzas de gueto, seducciones comunes, agarrones de nalgas y apretones de los vecinos obreros que Regaban a saludar a las regias Pompadour, amigas de la dueña de casa. Conchazos y más ironías que estallaban en risas e indirectas por la ausente comilona. En medio de la música, la Pilola gritaba: "Se te volaron los pavos niña" y otra vez la Palma volvía a las explicaciones, juntaba los andamios descarnados y las plumas, mostrando un cementerio de huesos que fue arrumbando en el centro de la mesa. Al comienzo fue el bochorno sonrojado de la dueña de casa disculpándose, cuando paraban la cumbia y las regias gritaban: "Ataja ese pavo niña", pero después el alcohol y la borrachera transformó la vergüenza en un juego. Por todos lados, las locas juntaban huesos y los iban arreglando en la mesa como una gran pirámide, como una fosa común que iluminaron con velas. Nadie supo de dónde una diabla sacó una banderita chilena que puso en el vértice de la siniestra escultura. Entonces la Pilola Alessandri se molestó, e indignada dijo que era una falta de respeto que ofendía a los militares que tanto habían hecho por la patria. Que este país era un asco populachero con esa Unidad Popular que tenía a todos muertos de hambre. Que las locas rascas no sabían de política y no tenían respeto ni siquiera por la bandera. Y que ella no podía estar ni un minuto más allí, así que le pasaran los visones porque se retiraba. ¿Qué visones niña?, le contestó la Chumilou echándose aire con su abanico.



Aquí las locas rascas no conocemos esas cosas. Además, con este calor. ¿En pleno verano? Hay que ser muy tonta para usar pieles linda. Entonces el grupo de pitucas cayó en cuenta que hacía mucho rato no veían las finas pieles. Llamaron a la dueña de casa, que borracha, aún seguía coleccionando huesos para elevar su monumento al hambre. Buscaron por todos los rincones, deshicieron las camas, preguntaron en el vecindario, pero nadie recordaba haber visto visones blancos volando en las fonolas de Recoleta. La Pilola no aguantó más y amenazó con llamar a su tío comandante si no aparecían los abrigos de la mamá.



Pero todas las locas la miraron incrédulas, sabiendo que nunca lo haría por temor a que su honorable familia se enterara de su resfrío. La Astaburuaga, la Zañartu y unas cuantas arribistas solidarias con la pérdida se retiraron indignadas jurando no pisar jamás ese roterío. Y mientras esperaban en la calle algún taxi que las sacara de esos tierrales, la música volvió a retumbar en la casucha de la Palma, volvieron los tiritones de pelvis y el mambo número ocho dio inicio al show travesti. De pronto alguien cortó la música y todas gritaron a coro: "Se te voló el visón niña. Ataja ese visón. "



El primer amanecer del 73 fue una gasa descolorida sobre las bocas abiertas de los colizas durmiendo desmadejados en la casa de la Palma. Por todos lados las cenizas de los cigarros bajo el parrón las guirnaldas pisoteadas. Leves quejidos de ensarte se oían en las revueltas camas. Vasos a medio tomar, mecidos por el vaivén de una cacha en reposo, risitas calladas recordando el vuelo del visón. Y esa luz hueca entrando por las ventanas, esa luz de humo flotando a través de la puerta abierta de par en par. Como si la casa hubiera sido una calavera iluminada desde el exterior. Como si las locas durmieran a raja suelta en ese hotel cinco calaveras. Como si el huesario velado, erigido aún en medió de la mesa, fuera el altar de un devenir futuro, un pronóstico un horóscopo anual que pestañeaba lágrimas la cera de las velas, a punto de apagarse, a punto de la última chispa social en la banderita de papel que coronaba la escena.



Desde ahí, los años se despeñaron como derrumbe de troncos que sepultaron la fiesta nacional. Vino el golpe y la nevazón de balas provocó la estampida de las locas, que nunca más volvieron a danzar por los patios floridos de la UNCTAD. Buscaron otros lugares, se reunieron en los paseos recién inaugurados de la dictadura. Siguieron las fiestas más privadas, más silenciosas, con menos gente educada por la cripta, del toque de queda. Algunas discotecas siguieron funcionando porque el régimen militar nunca reprimió tanto al coliseo corno en Argentina o Brasil. Quizás, la homosexualidad acomodada nunca fue un problema subversivo que alterara su pulcra moral. Quizás, había demasiadas locas de derecha que apoyaban el régimen. Tal vez su hedor a cadáver era amortiguado por el perfume francés de los maricas del barrio alto. Pero aun así, el tufo mortuorio de la dictadura fue un adelanto del sida, que hizo su estreno a comienzos de los ochenta.



De aquella sinopsis emancipada sólo quedó la UNCTAD, el gran elefante de cemento que por muchos albergó a los militares. Luego la democracia fue recuperando las terrazas y patios, donde ya no quedan las esculturas que donaron los artistas de la Unidad Popular. También los enormes auditóriums y salas de conferencias, donde hoy se realizan foros y seminarios sobre homosexualidad, sida, utopías y tolerancias.



De esa fiesta sólo existe una foto, un cartón deslavado donde reaparecen los rostros colizas lejanamente expuestos a la mirada presente. La foto no es buena, pero salta a la vista la militancia sexual del grupo que la compone. Enmarcados en la distancia, sus bocas son risas extinguidas, ecos de gestos congelados por el flash del último brindis. Frases, dichos, muecas y conchazos cuelgan del labio a punto de caer, a punto de soltar la ironía en el veneno de sus besos. La foto no es buena, está movida, pero la bruma del desenfoque aleja para siempre la estabilidad del recuerdo. La foto es borrosa, quizás porque el tul estropeado del sida entela la doble desaparición de casi todas las locas. Esa sombra es una delicada venda de celofán que enlaza la cintura de la Pilola Alessandri, apoyando su cadera marícola en el costado derecho de la mesa. Ella se compró la epidemia en Nueva York, fue la primera que la trajo en exclusiva, la más auténtica, la recién estrenada moda gay para morir. La última moda fúnebre que la adelgazó como ninguna dieta lo había conseguido. La dejó tan flaca y pálida como una modelo del Vogue, tan estirada y chic como un suspiro de orquídea. El sida le estrujó el cuerpo y murió tan apretada, tan fruncida, tan estilizada y bella en la economía aristócrata de su mezquina muerte.



La foto no es buena, no se sabe si es blanco y negro o si el color se fugó a paraísos tropicales. No se sabe si el rubor de las locas o las mustias rosas del mantel plástico, las fue lavando la lluvia y las inundaciones, mientras la foto estuvo colgada de un clavo en la casucha de la Palma. Difícil descifrar su cromatismo, imaginar colores en las camisas goteadas por la escarcha del invierno pobre. Solamente un aura de humedad amarilla el único color que aviva la foto. Solamente esa huella mohosa enciende el papel, lo diluvia en la mancha sepia que le cruza el pecho a la Palma. La atraviesa, clavándola como a un insecto en el mariposario del sida popular. Ella se lo pegó en Brasil, cuando vendió el puesto de pollos que tenía en la Vega, cuando no aguantó más a los milicos y dijo que se iba a maraquear a las arenas de Ipanema. Para eso una es loca y tiene que vivir en carnaval y zambearse la vida. Además con el dólar a 39 pesos, la piñata carioca estaba al alcance de la mano. La oportunidad de ser reina por una noche al costo de una vida. Y que fue, dijo en el aeropuerto imitando a las cuicas "Una se gasta lo que tiene nomás."



Y fue generoso el sida que le tocó a la Palma, callejeado, revolcado con cuanto perdido hambriento le pedía sexo. Casi podría decirse que lo obtuvo en bandeja, compartido y repartido hasta la saciedad por los viaductos ardientes de Copacabana. La Palma sorbió el suero de Kapossi hasta la última gota, como quien se harta de su propio fin sin miramientos. Ardiendo en fiebre, volvía a la arena, repartiendo la serpentina contagiosa a los vagos, mendigos y leprosos que encontraba a la sombra de su Orfeo Negro. Un sida ebrio de samba y partusa la fue hinchando como un globo descolorido, como un condón inflado por los resoplidos de su ano piadoso. Su ano filántropo, retumbando panderetas y timbales en el ardor de la colitis sidosa. Así fuera una fiesta, una escola de samba para morir lentejuelada y dispersa en el tumbar de las favelas, en el perfume africano suelto, mojando che la rúa, la avenida Atlántida, la calle de Río siempre dispuesta a pecar y a cancelar en carne los placeres de su delirio.



La Palma regresó y murió feliz en su desrajada agonía. Se despidió escuchando la música de Ney Matogrosso, susurrando la saudade de la partida. En otra fiesta nos vemos, dijo triste mirando la foto clavada en las tablas de su miseria. Y antes de cerrar los ojos, pudo verse tan joven, casi una doncella sonrojada empinando la copa y un puñado de huesos en aquel verano del 73. Se vio tan bella en el espejo de la foto, arrebozada por el visón blanco de la Pilola, se vio tan regia en la albina aureola de los pelos, que detuvo la mano huesuda de la Muerte para contemplarse. Le dijo a la Pálida espérate un poco, y se agarró un momento más de la vida para saciar su narciso empielado. Luego relajó los párpados y se dejó ir, flotando en la seda de ese recuerdo.



La foto no es buena, la toma es apresurada por el revoltijo de locas que rodean la mesa, casi todas nubladas por la pose rápida y el "loco afán" por saltar al futuro. Pareciera una última cena de apóstoles colizas, donde lo único nítido es la pirámide de huesos en el centro de la mesa. Pareciera un friso bíblico, una acuarela del Jueves Santo atrapada en los vapores de la garrafa de vino que sujeta la Chumilou, como cáliz chileno. Ella se puso al centro, ocupó el lugar de Cristo a falta de luminarias. Empinada en los veinte centímetros de sus zuecos, la Chumilou destaca su glamour travesti. El visón negro de la Pilola, apenas resbalado por la blancura de los hombros, en un abrazo animal que entibia su frágil corazón, su delicado suspiro de virgen nativa. Toda capullo, toda botón de rosa enguantada en el ramaje del visón. Alguna foto del cine la recuerda altiva en la mejilla que ofrece un beso. Sólo un beso, parece decir la Chumilou al lente de la cámara que arrebata gesto. Un solo beso del flash para granizarla de brillos para dejarla encandilada por el relámpago de su propio espejo. Su mentiroso espejo, su falsa imagen de diva proletaria apechugando con el kilo de pan y los tomates para el desayuno de su familia. Jugándoselas todas en la esquina del maraqueo sodomita, peleando a navajazos su territorio prostibular. La Chumilou era brava, decían las otras travestis. La Chumilou era de armas tomar cuando alguna aparecida le quitaba un cliente. Ella era la preferida, la más buscada, el único consuelo de los maridos aburridos que se empotaban con su olor de maricón ardiente. Por eso, el aguijón sidoso la eligió como carnada de su pesca milagrosa. Por trágatelas todas, por comenunca, por incansable cachera de la luna monetaria. Por golosa, no se fijo' que en la cartera ya no le quedaban condones. Y eran tantos billetes, tanta plata, tantos dólares que pagaba ese gringo. Tanto maquillaje, máquinas de afeitar y cera depilatoria. Tantos vestidos y zapatos nuevos para botar los zuecos pasados de moda. Tanto pan, tantos huevos y tallarines que podía llevar a su casa. Eran tantos sueños apretados en el manojo de dólares. Tantas bocas abiertas de los hermanos chicos que la perseguían noche a noche. Tantas muelas cariadas de la madre que no tenla plata para el dentista, Y la esperaba en su insomne madrugada con ese clavo ardiendo. Eran tantas deudas, tantas matrículas de colegio, tanto por pagar, porque ella no era ambiciosa como decían los otros colas. La Chumilou se conformaba con poco, apenas una pilcha de la ropa americana, una blusita, una falda, un trapo ajado que la madre cosía por aquí, entraba por acá, pegándole encajes y brillos, acicalando el uniforme laboral de la Chumi. Diciéndole que tuviera cuidado, que no se metiera con cualquiera, que no olvidara el condón, que ella misma se los compraba en la farmacia de la esquina, y tenía que pasar la vergüenza de pedirlos. Pero esa noche no le quedaba ninguno, y el gringo impaciente, urgido por montarla, ofreciendo el abanico verde de sus dólares. Entonces la Chumi cerró los ojos y estirando la mano agarró el fajo de billetes. No podía ser tanta su mala suerte que por una vez, una sola vez en muchos años que lo hacía en carne viva, se iba a pegar la sombra. Y así la Chumi, sin quererlo, cruzó el pórtico entelado de la plaga, se sumergió lentamente en las viscosas aguas y sacó pasaje dé ida en la siniestra barca. Fue un secuestro inevitable, decía. Además, ya he vivido tanto, han sido tan largos mis veinticinco años, que la muerte me cae y la recibo como vacaciones. Solamente quiero que me entierren vestida de mujer; con mi uniforme de trabajo, con los zuecos plateados y la peluca negra. Con el vestido de raso rojo que me trajo tan buena suerte. Nada de joyas, los diamantes y esmeraldas se los dejo a mi mamá para que se arregle los dientes. El fundo y las casas de la costa para mis hermanos chicos, que merecen un buen futuro. Y para las colas travestis, les dejo la mansión de cincuenta habitaciones que me regaló el Sheik. Para que hagan una casa de reposo para las más viejas. No quiero luto, nada de llantos, ni esas coronas de flores rascas compradas a la rápida en la pérgola. Menos, esas siemprevivas tiesas que nunca se secan, como si uno no terminara nunca de morirse. A lo más una orquídea mustia sobre el pecho, salpicada con gotas de lluvia Y los cirios eléctricos, que sean velas. Muchas velas. Cientos de velas por el piso, por todos lados, bajando la escalera, chispeando en la calle San Camilo, Maipú, Vivaceta y La Sota de Talca. Tantas velas como en el apagón, tantas como los desaparecidos. Muchas llamitas salpicando la basta mojada de la ciudad. Como lentejuelas de fuego para nuestras lluviosas calles. Tantas como perlas de un deshilvanado collar, miles de vela como monedas de una alcancía rota. Tantas velas como estrellas arrancadas del escote. Tantas, como chispas de una corona para iluminar la derrota... Necesito ese cálido resplandor para verme como recién dormida. Apenas rosada por el beso murciélago de la muerte. Casi irreal, en la aureola temblorosa de las velas, casi sublime sumergida bajo el cristal. Que todos digan: Si parece que la Chumi está durmiendo, como la bella durmiente, como una virgen serena e intacta que el milagro de la muerte le borró las cicatrices. Ni rastros de la enfermedad; ni hematomas, ni pústulas, ni ojeras. Quiero un maquillaje niveo, aunque tengan que rehacerme la cara. Como la Ingrid Bergman en Anastasia, como la Betty Davis en Jezabel, casi una chiquilla que se durmió esperando. Y ojalá sea de madrugada, como al regresar a casa de palacio, después de bailar toda la noche. Nada de misas, ni curas, ni prédicas latosas. Ni pobrecito el cola, perdónelo señor para entrar en el santo reino. Nada de llantos, ni desmayos, ni despedidas trágicas. Que me voy bien pagá, bien cumplida como toda cupletera. Que ni falta me hacen los responsos ni los besos que me negó el amor... Ni el amor. Mírenme que ahí voy cruzando la espuma. Mírenme por última vez, envidiosas, que ya no vuelvo. Por suerte no regreso. Siento la seda empapada de la muerte amordazando mis ojos, y di o que fui feliz este último minuto. De aquí no me llevo nada, porque nunca tuve nada. Y hasta eso lo perdí.



La Chumilou murió el mismo día que llegó la democracia, el pobre cortejo se cruzó con las marchas que festejaban el triunfo del NO en la Alameda. Fue difícil atravesar esa multitud de jóvenes pintados, flameando las banderas del arco iris, gritando, cantando eufóricos, abrazando a las locas que acompañaban el funeral de la Chumí. Y por un momento se confundió duelo con alegría, tristeza y carnaval. Como si la muerte hiciera su camino y se bajara de la carroza a bailar un último de cueca. Como si aún se escuchara la voz moribunda en la Chumi, cuando supo el triunfo de la elección. Denle mis saludos a la democracia, dijo. Y parecía que la democracia en persona le devolvía el saludo, en los cientos de jóvenes descamisados que se encaramaron a la carroza, brincando sobre el techo, colgándose de las ventanas, sacando pintura spray y rayando todo el vehículo con grafitis que decían: Adiós Tirano. Hasta nunca Pinocho. Muerte al Chacal. Así, ante los horrorizados ojos de la mamá de la Chumí, la carroza quedó convertida en un carro alegórico, en una murga revoltosa que acompañó el sepelio por varias cuadras. Después retomó su marcha enlutada, su trote paquidermo por las desiertas calles hacia el cementerio. Entre las coronas de flores, alguien ensartó una bandera con el arco iris vencedor. Una bandera blanca cruzada de colores que acompañó a la Chumi hasta su jardín de invierno.



Tal vez, la foto de la fiesta donde la Palma es quizás el único vestigio de aquella época de utopías sociales, donde las locas entrevieron aleteos de su futura emancipación. Entretejidas en las muchedumbres, participaron de aquella euforia. Tanto a la derecha como a la izquierda de Allende, tocaron cacerolas y protagonizaron, desde su anonimato público, tímidos destellos, balbuceantes discursos que irían conformando su historia minoritaria en pos de la legalización.



Del grupo que aparece en la foto, casi no quedan sobrevivientes. El amarillo pálido del papel es un sol desteñido como desahucio de las pieles que enfiestan el daguerrotipo. La suciedad de las moscas fue punteando de lunares las mejillas, como adelanto maquillado del sarcoma. Todas las caras aparecen moteadas de esa llovizna purulenta. Todas las risas que pajarean en el balcón de la foto son pañuelos que se despiden en una proa invisible. Antes que el barco del milenio atraque en el dos mil, antes, incluso, de la legalidad del homosexualismo chileno, antes de la militancia gay que en los noventa reunió a los homosexuales, antes que esa moda masculina se impusiera como uniforme del ejército de salvación, antes que el neoliberalismo en democracia diera permiso para aparearse. Mucho antes de estas regalías, la foto de las locas en ese Año Nuevo se registra como algo que brilla en un mundo sumergido. Todavía es subversivo el cristal obsceno de sus carcajadas, desordenando el supuesto de los géneros. Aún, en la imagen ajada, se puede medir la gran distancia, los años de la dictadura que educaron virilmente los gestos. Se puede constatar la metamorfosis de las homosexualidades en el fin de siglo; la desfunción de la loca sarcomida por el sida, pero principalmente diezmada por el modelo importado del estatus gay, tan de moda, tan penetrativo en su tranza con el poder de la nova masculinidad homosexual. La foto despide el siglo con el plumaje raído de las locas aún torcidas, aún folclóricas en sus ademanes ilegales. Pareciera un friso arcaico donde la intromisión del patrón gay todavía no había puesto su marca. Donde el territorio nativo aún no recibía el contagio de la plaga, como recolonización a través de los fluidos corporales. La foto de aquel entonces muestra un carrusel risueño, una danza de risas gorrionas tan jóvenes, tan púberes en su dislocada forma de rearmar el mundo. Por cierto, otro corpus tribal diferenciaba sus ritos. Otros delirios enriquecían barrocamente el discurso de las homosexualidades latinoamericanas. Todavía la maricada chilena tejía futuro, soñaba despierta con su emancipación junto a otras causas sociales. El "hombre homosexual" o "mister gay", era una construcción de potencia narcisa que no cabía en el espejo desnutrido de locas. Esos cuerpos, esos músculos, esos bíceps que llegaban a veces por revistas extranjeras, eran un Olimpo del Primer Mundo, una clase educativa de gimnasia, un fisicoculturismo extasiado por su propio reflejo. Una nueva conquista de la imagen rubia que fue prendiendo en el arribismo malinche de las locas más viajadas, las regias que copiaron el modelito en New York y lo transportaron a este fin de mundo. Y junto al molde de Superman, precisamente en la aséptica envoltura de esa piel blanca, tan higiénica, tan perfumada por el embrujo capitalista. Tan diferente al cuero opaco de la geografía local. En ese Apolo, en su imberbe mármol, venía cobijado el síndrome de inmunodeficiencia, como si fuera un viajante, un turista que llegó a Chile de paso, y el vino dulce de nuestra sangre lo hizo quedarse.



Seguramente, el final común que compartieron la Palma, la Pilola Alessandri y la Chumilou habla del sida como de un repartidor público ausente de prejuicios sociales. Una fatídica generosidad ostenta la mano sidada en su clandestina repartija. Parece, decir: Hay para todos, no se agolpen. Que no se va a agotar, no se preocupen. Hay pasión y calvario para rato, hasta que encuentren el antídoto.



Quizás, las pequeñas historias y las grandes epopeyas nunca son paralelas, los destinos minoritarios siguen escaldados por las políticas de un mercado siempre al acecho de cualquier escape. Y en este mapa ultracontrolado del modernismo las fisuras se detectan y se parchan con el mismo cemento, con la misma mezcla de cadáveres y sueños que yacen bajo los andamios de la pirámide neoliberal. Quizás la última chispa en los ojos de la Palma, la Pilola Alessandri y la Chumilou fue un deseo. Más bien tres deseos que se quedaron esperando el visón perdido en esa fiesta.

Porque nunca se supo dónde fueron a parar las regias pieles de la Pilola. Se esfumaron en el aire de aquella noche de verano, como un sueno robado que siguió construyendo la anécdota más allá de la nostalgia. Especialmente en el invierno cero positivo de las locas, cuando el algodón nevado de la epidemia escarchó sus pies.

Manifiesto (Hablo por mi diferencia)

de Pedro Lemebel


No soy Pasolini pidiendo explicaciones

No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro
Me apesta la injusticia
Y sospecho de esta cueca democrática
Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor
Hay que ser ácido para soportarlo
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina
Es un padre que te odia
Porque al hijo se le dobla la patita
Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro
Envejecidas de limpieza
Acunándote de enfermo
Por malas costumbres
Por mala suerte
Como la dictadura
Peor que la dictadura
Porque la dictadura pasa
Y viene la democracia
Y detrasito el socialismo
¿Y entonces?
¿Qué harán con nosotros compañero?
¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos
con destino a un sidario cubano?
Nos meterán en algún tren de ninguna parte
Como en el barco del general Ibáñez
Donde aprendimos a nadar
Pero ninguno llegó a la costa
Por eso Valparaíso apagó sus luces rojas
Por eso las casas de caramba
Le brindaron una lágrima negra
A los colizas comidos por las jaibas
Ese año que la Comisión de Derechos Humanos
no recuerda
Por eso compañero le pregunto
¿Existe aún el tren siberiano
de la propaganda reaccionaria?
Ese tren que pasa por sus pupilas
Cuando mi voz se pone demasiado dulce
¿Y usted?
¿Qué hará con ese recuerdo de niños
Pajeándonos y otras cosas
En las vacaciones de Cartagena?
¿El futuro será en blanco y negro?
¿El tiempo en noche y día laboral
sin ambigüedades?
¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?
¿Van a dejarnos bordar de pájaros
las banderas de la patria libre?
El fusil se lo dejo a usted
Que tiene la sangre fría
Y no es miedo
El miedo se me fue pasando
De atajar cuchillos
En los sótanos sexuales donde anduve
Y no se sienta agredido
Si le hablo de estas cosas
Y le miro el bulto
No soy hipócrita
¿Acaso las tetas de una mujer
no lo hacen bajar la vista?
¿No cree usted
que solos en la sierra
algo se nos iba a ocurrir?
Aunque después me odie
Por corromper su moral revolucionaria
¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?
Y no hablo de meterlo y sacarlo
Y sacarlo y meterlo solamente
Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice:
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Súper-buena-onda
Yo no soy buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda
Usted cree que pienso con el poto
Y que al primer parrillazo de la CNI
Lo iba a soltar todo
No sabe que la hombría
Nunca la aprendí en los cuarteles
Mi hombría me la enseñó la noche
Detrás de un poste
Esa hombría de la que usted se jacta
Se la metieron en el regimiento
Un milico asesino
De esos que aún están en el poder
Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y ésa es mi venganza
Mi hombría espera paciente
Que los machos se hagan viejos
Porque a esta altura del partido
La izquierda tranza su culo lacio
En el parlamento
Mi hombría fue difícil
Por eso a este tren no me subo
Sin saber dónde va
Yo no voy a cambiar por el marxismo
Que me rechazó tantas veces
No necesito cambiar
Soy más subversivo que usted
No voy a cambiar solamente
Porque los pobres y los ricos
A otro perro con ese hueso
Tampoco porque el capitalismo es injusto
En Nueva York los maricas se besan en la calle
Pero esa parte se la dejo a usted
Que tanto le interesa
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alíta rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.


NOTA:
Este texto fue leído como intervención en un acto político de la izquierda en septiembre de 1986, en Santiago de Chile.
Por nuestra parte. No podemos más que suscribir las críticas de Lemebel  al traidor PC chileno, que estalinista y defensor de una moral sexual patriarcal, que muy lejos estuvo de la que impulsara lo más avanzado de la Revolución Bolchevique que empapada de una larga tradición libertaria, defendió el derecho a una sexualidad despojada de todo tipo de opresión, y soñar que sea la revolución obrera y socialista triunfante, la que haga realidad los últimos versos de este manifiesto. 

domingo, 23 de junio de 2013

Las hermanas de Shakespeare, reflexiones sobre el arte y la opresión

Preparando una breve reseña sobre el texto de Terry Eagleton, Marxismo y crítica literaria que publicaremos oportunamente, andando por los andariveles de la relación entre forma y contenido, condiciones materiales, ideología que el marxista británico aborda, recordé cómo Virginia Woolf, una materialista "consciente aunque no confesa", describe la relación entre los géneros literarios a los cuales las mujeres van a volcarse en la escritura (la novela romántica) y las condiciones en las cuales esas mismas mujeres escritoras se desenvuelven en el ámbito cotidiano del hogar. De allí que, como lo plantea su texto, será imposible la dedicación de las mujeres a la literatura sin la posibilidad de contar con "un cuarto propio". 
Recomiendo la lectura de este clásico de Virginia Woolf y como anticipo o introducción, copio debajo un muy buen texto de dos compañeras, Micaela Guas y Laura Champeau que apareció publicado en la revista "El fantasma de la libertad". En aquel momento no se lo encontraba digitalizado así que me tomé el trabajo de tipear. Lo dejo a disposición. 



Las hermanas de Shakespeare

Adeline Virginia Stephen, la posterior autora de novelas como Las olas y La señora Galloway y ensayos como Un cuarto propio y Tres guineas, partirá en 1905 de sus ciudad natal junto a su hermana Vanesa, luego de la muerte de su padre Sir Leslie Stephen. Más tarde se unirán con un destacado grupo de artistas, para formar lo que se llamaría el “Bloomsbury Set”.[1]
Frente a un mundo totalmente convulsionado por la decadencia de los valores burgueses y la descomposición social cristalizada en el estallido de la primera guerra mundial y por el esperanzador levantamiento de las masas que enfrentaban y derribaban regímenes autoritarios como en la Revolución Rusa de 1917, los artistas e intelectuales de la época supieron que ya no podrían reflejar con las mismas palabras un mundo que cambiaba constantemente.
Así, sus obras se vieron influidas e impregnadas por sus vivencias personales y el momento histórico de esos años, y frente a estos por aparición de la psicología, el cinematógrafo y el espíritu rebelde de las vanguardias.  Las más conocida de las novelas , La señora Dalloway en sincronía con todo esto, se desarrolla en una sola jornada y en ruptura con las estéticas ya consagradas de las generaciones anteriores, la historia lineal y visible del personaje está subordinada al relato psicológico interno, subjetivo y exploratorio , que a su vez se entreteje con los eventos externos no solo al personaje sino también a la novela, recurriendo para su construcción a técnicas de las vanguardias pictóricas y en particular al montaje y los close-ups[2] de los jóvenes cineastas y artistas cubistas.
Pero el campo intelectual se encontrará atravesado por las guerras, crisis y revoluciones. En consecuencia la crítica hacia el mundo se encarada desde distintos ángulos y puntos de vista. Virginia, desde su lugar y su quehacer, emprenderá un gran aporte a la lucha por la emancipación de las mujeres. Posteriormente, te transformará en un símbolo del movimiento feminista del siglo XX.
Desde una visión marxista del mundo en general y de la lucha contra la opresión de género en particular, queremos reivindicar el análisis materialista que Virginia Woolf lleva adelante para examinar las condiciones adversas de la relación entre la mujer y el arte. A pesar de no ser marxista, la autora del ensayo “Un cuarto propio”, cuestiona el rol de la mujer analizando las bases materiales que determinaban la opresión hacia el género femenino por un mundo esencialmente victoriano. En dicho ensayo plantea que las mujeres no habían participado en el arte en general, específicamente en la literatura debido a que “para poder producir necesitan dinero y un cuarto propio”, tiempo y ocio. Estos tres factores materiales, junto con las imposiciones culturales constituidas en el transcurrir histórico del sistema paternalista se transforman en trabas psicológicas para que las mujeres puedan construir “un cuarto propio”: un espacio psicológico y personal, un espacio para elaborar libremente.
“En primer lugar, hasta principios del siglo diecinueve, tener un cuarto propio, para no hablar de una habitación tranquila a prueba de ruidos, era inconcebible, a menos que sus padres fueran excepcionalmente ricos o muy notables. Su dinero para gastos, que dependía de la buena voluntad de su padre, le alcanzaba solamente para vestir, viéndose así privada de consuelos que estaban incluso al alcance de Keats, Tennyson o Carlyle hombres pobres: una gira a pie, un viajecito a Francia, un alojamiento independiente que, por miserable que fuera, los protegía de los reclamos y tiranía de sus familias. Las dificultades materiales formidables, pero mucho peores eran las inmateriales. La indiferencia del mundo, que Keats, Flaubert y otros hombres de genio han hallado tan difícil de soportar, eran su caso no indiferencia sino hostilidad. El mundo le decía, con una risotada “¿Escribir? ¿Para qué quieres escribir?”[3]
Pero ¿Cómo una mujer podría escribir y participar en el ámbito artístico si hasta no hace mucho tiempo no votaba, no tenía derecho legal sobre el ámbito económico? O más aún, ¿Cómo una mujer trabajadora podría producir arte, si era explotada como un medio fértil para la reproducción de su familia y además era maltratada y alienada en una fábrica? Virginia se responde mirando en la historia, en una historia escrita por hombres, donde las mujeres eran excluidas, donde no las dejaban decidir, donde eran maltratadas y sometidas. La historia no retrata o menciona ningún hecho trascendente con la mujer como protagonista: si ella miraba al pasado no podía negar que pocas mujeres hicieron algo, sin dejar de criticar que había un medio que las condicionaba a no hacer nada. Cuando Virginia plantea que “cuando se es mujer la historia se ve a través de la madre”, quiere decir, que el género femenino, tiene generaciones y generaciones de personas que tuvieron una familia y una vida que no deseaban , que nunca pudieron elegir o ni siquiera pudieron proponerse objetivos fuera del plano familiar sin sentirse abrumadas por la mirada del mundo. Asimismo, en los pocos casos que la palabra “mujer” aparece inscripta en la historia, es siempre en una forma subordinada de la imagen masculina y del rol secundario que le imponen. Según la autora, desde la historia del arte esto se plasma en como, por ejemplo, la literatura, no crea personajes femeninos basados en la realidad, sino que los dota de características absolutamente ficticias , que no condicen con las necesidades y aspiraciones de las mujeres en sus diferentes épocas. Aún hoy, en la plástica, el 70 por ciento de los desnudos son de mujeres no reales, portadores de estereotipos de un imaginario masculino que inventa mujeres funcionales al modelo de sociedad que el patriarcado y el capitalismo  necesitan. “Hasta la época de Jane Austen, no sólo las grandes mujeres de la ficción habían sido vistas por el otro sexo pone delante de su nariz. De allí, quizás, la singular naturaleza de la mujer en la ficción; los sorprendentes extremos de su belleza y su fealdad; su fluctuar entre una bondad celestial y una depravación infernal, porque así la veía su amante, según su amor creciera o disminuyera, fuera próspero o desgraciado. Supongamos, por ejemplo, que en la literatura se retratara a los hombres solamente como los amantes de las mujeres, y jamás como los amigos de otros hombres, como soldados, pensadores o soñadores; ¡Qué poco papel podrían desempeñar en las obras de Shakeaspeare! ¡Cómo sufriría la literatura!
Como por cierto está empobrecida más allá de nuestros cálculos por las puertas que se les han cerrado a las mujeres. Casadas contra su voluntad, forzadas a permanecer en una sola habitación y a cumplir una sola ocupación. ¿Cómo podía un dramaturgo hacer de ellas una descripción completa, o interesante, o verdadera? El única intérprete posible era el amor.
Porque se han preparado todas las cenas, se lavaron todos los platos y tazas. Todos los hijos fueron enviados a la escuela y salieron al mundo. Nada queda de todo eso. Todo se ha desvanecido. Ni las biografías ni los libros de historia dicen una sola palabra al respecto. Y las novelas, sin proponérselo, inevitablemente mienten”.[4]
Virginia intentó imaginarse qué habría pasado en la época de Shakespeare - época donde uno de cada dos hombres escribía- si este reconocido escritor hubiese tenido una hermana con su mismo talento y su misma sensibilidad: “Un genio como el de Shakespeare no se da entre los trabajadores, los sirvientes. No se dio en Inglaterra entre los sajones ni entre los británicos. No se da hoy en día entre las clases obreras. ¿Cómo podría haberse dado entonces entre las mujeres, quienes - de acuerdo con el profesor Trevelyan - empezaban a trabajar casi antes de dejar sus niñeras, forzadas a ello por sus padres y apegadas a ello por todo el peso de la ley y la costumbre? Sin embargo, algún tipo de genio debió haber entre las mujeres así como debió haberlo entre las clases obreras. De tanto en tanto resplandece una Emily Bronte o un Robert Burns y prueba su existencia (…) De hecho, me atrevería a decir que Anónimo, quien escribió tantos poemas sin firmarlos, muchas veces era una mujer”
“Es muy probable que Shakespeare había ido a la escuela secundaria (su madre tenía una herencia) donde seguramente  aprendió latín . Ovidio, Virgilio y Horacio- y elementos de lógica y gramática. Se sabe que fue joven rebelde, que cazaba conejos en terrenos vedados, que mató quizás algún siervo, y que debió casarse, bastante antes de lo oportuno, con una mujer del vecindario que le dio un hijo bastante antes de lo debido. Esa aventura lo llevó a Londres en busca de fortuna. Sentía, al parecer, inclinación por el teatro; comenzó cuidando en la entrada de artistas. Muy pronto consiguió trabajo en el teatro, se convirtió en un actor de éxito y vivió en el centro del universo, conociendo, saludando a todo el mundo, practicando su arte en las tablas, ejercitando su talento en las calles y hasta gozando de acceso al palacio de la reina. Mientras tanto, su dotadísima hermana, imaginemos, se quedó en casa. Era audaz y creativa como él, y compartía las mismas ansias de ver el mundo. Pero a ella no la enviaron a la escuela. No tuvo oportunidad de aprender gramática o lógica y menos aún leer a Horacio o a Virgilio. De vez en cuando tomaba un libro, quizás de su hermano, y leía unas páginas. Pero entonces entraban sus padres y le decían que zurciera las medias o que cuidara el guisado y no perdiese tiempo con libros y papeles. Le hablaban al mismo tiempo con rigor y benevolencia, porque eran gente acomodada y conocían las condiciones de vida de las mujeres y amaban a su hija…”
“Seguramente garabateaba a escondidas algunas páginas en el altillo, pero tenía cuidado de ocultarlas o quemarlas”. En poco tiempo pretenden obligarla a casarse, ella se rehúsa, por lo que su padre la golpea. De todas formas toma valor y huye, e intenta vivir la misma vida que su hermano, quiere ser actriz. En Londres, llega  a la misma entrada de artistas donde su hermano se había aventurado. Allí los hombres se ríen de ella, para el director del teatro una mujer actuando era como un “perro bailando en dos patas”. Judith, jamás podría aprender su oficio. “¿Cómo podría siquiera cenar en una taberna o vagar a medianoche por las calles?”[5]
Virginia supone que terminaría embarazada de un hombre que se apiadaría de ella y luego de años y años de tener una vida que no quiere, se suicidaría. “esto sería más o menos la historia.”
“Porque una mujer del siglo dieciséis nacida con un gran talento se habría vuelto loca suicidado o terminado sus días en alguna cabaña solitaria afuera del pueblo, medio bruja, medio hechicera, objeto de temor y burlas. Porque no hace falta saber mucha psicología para descontar que una joven de gran talento que hubiera intentado ejercer su don para la poesía se habría visto obstaculizada y resistida por otra gente, tan torturada, desgarrada por sus propios instintos contradictorios, que indefectiblemente debía perder su salud y su cordura. Ninguna muchacha podía caminar hasta Londres, pararse en la puerta de un teatro y conseguir que la escuchase el actor-director sin que ello significase una gran violencia y una angustia acaso irracionales. (…) A una mujer que fuera poeta y dramaturga, vivir en el mundo del siglo XVI le habría significado una tensión y un dilema capaces de matarla. [6]
¿Pero acaso, no fue Woolf misma, la Virginia Woolf del río Ouse, otra hermana de Shakespeare? ¿Cuántas experiencias propias no se han filtrado en los cuadros del ensayo?
Se dice que dudaba frecuentemente de su capacidad como escritora y que nunca pudo sentirse satisfecha y segura de sus novelas. Se sabe que no acudió a la escuela, que desde niña le enseñaron los destinos únicos de la mujer: el matrimonio y la maternidad. Las mismas misiones supremas que cumplieron su madre y, más tarde, su hermana Vanessa que de niña, sentía inclinación hacia la pintura. Virginia Woolf tenía sentimientos ambiguos hacia su padre: lo admiraba y amaba profundamente ya que le había inculcado el gusto OR ciertos autores y lecturas. Sin embargo, al tiempo, lo culpaba de su propia inseguridad para dedicarse a las letras. En su novela El faro, Virginia crea un personaje, el señor Ramsay, haciendo una analogía con su padre quien no le confería a la mujer capacidad para el arte, sobre todo, en la pintura y la literatura.
“Siento brotar en mí misma- escribió en uno de sus diarios- ahora mismo por lo menos seis relatos y siento por fin, que puedo traducir en palabras todos mis pensamientos. ¿Y si fuera a convertirse en una novelista interesante - no digo en uno de los grandes- pero sí, interesante? Curiosamente - para lo vanidosa que soy- hasta ahora no he tenido mucha fe en mis novelas”[7]
Soledad descorazonada, desgarro y lucha “con los propios instintos contradictorios”, resistencias y obstáculos, restricciones y exigencias, el querer ser y el deber ser, cuánto de eso hemos encontrado en la mujer creativa del siglo XX! Cuántas de estas contradicciones se expresaron también en los versos de otras, otras hermanas de Shakespeare tal vez, como Alfonsina Storni o Alejandra Pizarnik por ejemplo!
Decía Alfonsina - “Bien pudiera ser que todo lo que en verso he sentido/no fuera más que aquello que no pudo ser/no fuera más que algo vedado y reprimido/de familia en familia, de mujer en mujer”[8]
Pero acaso cuántas, audaces y creativas, no son tratadas y abrumadas hoy con “benevolencia y rigor” por sus padres y maridos, las costumbres, las instituciones, el trabajo y los medios?
Cuántas somos aquellas, cuyos nombres y rostros permanecen ocultos y silenciosos como sus propias estrellas, como sus propios poemas, atados con cinta roja, guardados en alguna vieja caja de zapatos. Imaginándolos, postergándolos. Cuántas somos las que no llegamos a la puerta del teatro, o a las posibilidades de los grandes medios y nos quebramos u hoy perseveramos; y cuántas las que abrimos las puertas, pero no más que para soportar competir o ceder a las exigencias comerciales y estéticas, sexuales e intelectuales.
Entonces, ¿cómo podríamos hablar de libertad artística hoy en el sistema capitalista? ¿Cómo podríamos hablar de libertad e un sistema en que el arte está digitalizado por las leyes del mercado, en que el artista y la obra se vuelven objetos de consumo? ¿Cómo podemos hablar de la libertad en el arte sin ver las condiciones que el medio le impone al artista? ¿Cuántos y cuántas tienen la posibilidad de tener su “cuarto propio” en este sistema?
Las mujeres estamos sometidas, por el solo hecho de serlo, a la discriminación, el acoso sexual, la violencia y la humillación de un sistema patriarcal basado en el machismo. Pero además, las mujeres somos la mayoría entre los explotados y pobres de este mundo y una ínfima minoría casi inexistente entre los poderosos dueños de las multinacionales que nos condenan a esa explotación y a esa pobreza. Somos las que ocupamos los trabajos más precarizados, cobramos salarios inferiores a los de nuestros compañeros varones y por si eso fuera poco, estamos sometidas al trabajo no remunerado que realizamos en nuestros hogares, limpiando la casa, cuidando hijos y sirviendo maridos. Después de todas estas tareas, entonces, qué poco tiempo, creatividad y ganas nos pueden quedar para explotar nuestra sensibilidad artística y nuestros sueños.
En la sociedad capitalista, las mujeres que podemos llegar a ser artistas somos mucho menos reconocidas que los artistas masculinos. No sólo las posibilidades de exponer o publicar, en comparación a las de los varones, son mucho más bajas, quedando limitadas al ámbito de la intimidad.; sino que día a día, se nos transforma y viste, se nos exige de nuestro cuerpo como no se le exige a un “perro bailando en dos patas”. y se nos exige de nuestro espíritu una adaptación a un mundo mayoritariamente masculino y sujeto a demandas ajenas y/o contrarias a las propias, nacidas de nuestros propios instintos creativos y aspiraciones a una vida plena y libre. Es fácil comprobar esta abismal desigualdad si vemos en la historia del arte, o de cualquier disciplina, la ausencia de las artistas. Cuántas mujeres directoras de cine, escritoras, pintoras, etc, han conseguido atravesar el tortuoso camino del reconocimiento artístico y cuántas han quedado en el camino o en el punto de partida.
Por eso “La teoría de que el genio poético sopla donde quiere, y entre los ricos y pobres por igual, encierra poca verdad. La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no durante doscientos años solamente, sino desde el principio de los tiempos. Las mujeres han tenido menos libertad intelectual que los hijos de los esclavos atenienses. Las mujeres, entonces, no han tenido más chancees que un perro de escribir poesía. Por eso es que he puesto tanto el acento en el dinero y en un cuarto propio”. [9]
Virginia Woolf no publicó hasta los 37 años. Pero publicó. Y lo hizo contra viento y marea bajo las alas de su propia personalidad, estilo, opiniones, conflictos y sueños.
Con la necesidad y la certeza de pelear por cambiar esta situación y promover la creación de un arte independiente, que vea en el cambio revolucionario de la sociedad su verdadera liberación y emancipación, nos proponemos empezar a dar a conocer la obra de mujeres artistas, rescatando del olvido todas esas voces que han sido silenciadas a través de la historia.




[1] “Grupo de Bloomsbury” formado en el barrio londinense del mismo nombre, integrado por artistas librepensadores entre las cuales estaba el crítico Clive Bell - esposo de Vanessa - y el escritor Leonard Woolf de quien Virginia Woolf obtiene su apellido al casarse en 1912.
[2] Close-up (primer plano: Toma cerrada generalmente utilizada para resaltar el rostro del personaje, sus movimientos gestuales, etc.
[3] Virginia Woolf, Un cuarto propio(1929). Ed. A-Z-Editora
[4] Idem
[5] Ibidem
[6] Ibidem
[7] Virginia Woolf, Diario íntimo II, (1924-1931), ed. De Anne  Bell, trad. De Laura Freixas. Madrid, Grijalbo Mondari, 1993, p.37
[8] Alfonsina Storni, “Bien pudiera ser”  en Irremediablemente (1919), ed. Losada.
[9] Virginia Woolf, Un cuarto propio, op. cit.